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Poemas y visiones - 20 de Octubre de 2006

Soledades

Soledades
La tarde estaba fría y lluviosa. La estación poco transitada presentaba solamente dos bancos contiguos y mojados que albergaban sendos seres cansados. En el primero podía observarse a un anciano de cuerpo enjuto, rostro de tersura evaporada y ojos pequeños y opacos que parecían sustraer recuerdos de su mente.

En el segundo se hallaba sentado un niño de seis años, de gesto compungido, ojos grandes que prodigaban el eterno desamparo, y manos mugrientas que no alcanzaban a resolver el pedir infructuoso.

En un instante las perdidas miradas se encontraron. Entonces fue el anciano el que dio comienzo a esta breve charla.

- Qué haces, niño?

- Nada- respondió la criatura.

- Qué feliz era a tus años - continuó expresando el anciano. Venía a esta misma estación de tren con mis amigos de la infancia. Y mientras mi madre sonreía hablando con alguna circunstancial amiga, nosotros jugábamos a la mancha. Le dábamos rienda suelta al trompo o la biyarda. Remontábamos algún barrilete, pasándolo de mano en mano para ver quien alcanzaba llegar a tocar la nube más cercana. Luego mi madre me tomaba de mis hombros y retornábamos a nuestro hogar para disfrutar de las tortas fritas y el mate cocido.

- Yo no tengo mamá - dijo el niño. Somos nueve hermanos que salimos a la calle para ayudar a mi papá, quien está desempleado. Quisiera jugar pero no puedo dado que me paso todo el día mendigando tratando de llevar algo a casa para comer. Usted tiene familia, señor? - preguntó el niño.

- Sí - contestó el anciano. Pero hace mucho tiempo que no sé nada de ellos. Mis hijos están sumamente atareados tratando de resolver lo que les toca vivir, y mis nietos se la pasan estudiando o jugando todo el día con la computadora. Vos dónde vivís - interrogó al niño.

- En la villa que está cerca de la cancha de Morón. Tenemos radio, sabe! Así podemos escuchar los partidos; yo soy de Boca (mientras sus ojos se iluminaban con un resabio de alegría).

- Yo soy de River - retrucó el anciano (sintiendo que su pecho se henchía de un antiguo orgullo).

- No me diga que es gallina? - riéndose cachaciento manifestó el niño. No se preocupe abuelo, hay cosas peores.

Y mientras se levantaba risueño, mostrando su desteñida camiseta de Boca que llevaba debajo de su pullover, comenzó a caminar nuevamente hacia las indolentes calles, pensando que le ofrecerían hoy las bolsas residuales de las hamburgueserías.

Por su lado, el anciano acomodó mejor su cuerpo en el amplio asiento de listones, preocupado por saber si el dinero le iría a alcanzar para pagar su escaso alimento, dado que no quería molestar a ninguno de sus entrañables hijos.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583