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Poemas y visiones - 07 de Abril de 2006

Los hijos del divorcio

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Cuando alguien se separa, más allá de buscar reordenar sus sentimientos y reorganizar su nueva vida, muchas veces se olvida de dar prioridad a los reclamos de los hijos.

Los hijos no exigen venir al mundo, no eligen sus hogares, ni siquiera optan por escoger a sus padres.

Son cuerpos, mentes y almas vírgenes, expuestos a todo aquello que reciben por primera vez en sus vidas.

Luego de nueve meses endógenos, en donde se nutren confortablemente de protección, alimento y de los diferentes estados anímicos de su madre, salen al mundo instintivamente, dispuestos a recibir la continuación de una existencia distinta.

Elegimos por ellos. Les transmitimos conocimientos culturales. Les suministramos el idioma del amor y de la ternura. Y, también, les enseñamos los límites.

Y el niño aprende y se condiciona a nuestras costumbres y a nuestra manera de ser.

Pero un día, ese hijo, se despierta y comprueba que ha perdido la mitad de su familia y, por ende, su hábitat elemental.

Su continuidad está representada por horas de días compartidos y repartidos por la determinación de un juez desconocido, que instaura nuevos derechos y obligaciones, relativamente esenciales y a cuentagotas, en relación a las aspiraciones afectivas de esa criatura.

A veces los padres separados cumplen sus roles con absoluta responsabilidad. Otras, no tanto.

Muchas veces los hijos se transforman en estorbos económicos, y es por eso que hasta llegan a perder el contacto natural con su madre o con su padre.

Estas circunstancias alteran sus conductas, convirtiéndolos en introvertidos, agresivo, adictos, autodestructivos o indiferentes.

Todo aquello que les fue inculcado con tanto amor y esmero se disgrega en un camino sin retorno.

Y, lo que es peor, es que le tememos a tal punto de no hacernos cargo de nuestros errores. Entonces creemos que ese ser está enfermo y desprovisto de ese ejemplo que pensamos haberle dado.

Cada hijo es como ese ser mitológico que aspiramos tener y que un día, sin saber porqué, se nos perdió por un descuido; por un absurdo y casi imperceptible descuido.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583