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Cuentos - 31 de Mayo de 2006

Y ya lo ve

Y-ya-lo-ve
Había llegado la noche. La representación lumínica de títeres, sin espesor ni esencia, retomaba su vigencia. La rectangular caja oficiaba de guiñol, difundiendo insustanciales palabras y multicolores destellos. Los avisos clasificados se iban diluyendo de su mente, poco a poco, mientras se mimetizaba con personajes ficticios, quienes se encargaban de sustraerle dolores y angustias.


El índice y pulgar de su mano, volvían a interactuar –como cuando daba vuelta las hojas de los periódicos- pero esta vez apretando una tecla, que lo hacía ingresar en nuevas e incomprensibles fantasías. La difamación, la ironía, la agresividad, la trasgresión, la vulgaridad, la coprolalia y la burda desnudez penetraban sus ojos y oídos, tratando de cercenar sus principios morales.


Estos diseños irreales y sistemáticos lo alejaban del entorno abarcador manifiesto en sus recuerdos fotográficos. El sepiado consuelo postergaba el aniquilamiento de los afectos y de aquel empleo mantenido durante el transcurso de cuatro décadas.


Cuando el estallido monocorde lo ingresaba al madrugador despertar de la conciencia, levantaba raudamente a su cansado cuerpo. Mientras se acicalaba, preparaba minuciosamente su plan de tareas. Más tarde, salía a la calle dirigiéndose hacia la confitería de siempre, pasando previamente por el quiosco de la esquina a comprar el diario. Sentándose en la misma mesa que daba a la ventana, solicitaba el mismo desayuno al mozo acostumbrado, y desentendiéndose del entorno empezaba a leer las páginas de los clasificados. Marcaba con la lapicera, obsequiada por aquella empresa como reconocimiento a su trayectoria, los avisos que se encuadraban dentro de su experiencia y pretensión. Luego, continuaba leyendo las noticias y, por último, el suplemento adicional.


Pasada las once, doblaba el periódico, lo ponía debajo de su brazo, pagaba la cuenta y salía a caminar por los alrededores de aquel barrio que conocía como la palma de su mano.


Observando su reloj, que fuera el regalo de su difunta esposa al cumplir las bodas de oro, se dirigió hacia el banco. Cuando llegó su turno, presentó el carnet y le pagaron en ventanilla sus haberes jubilatorios: “doscientos treinta y cinco pesos”. Hizo la otra cola, tan concurrida como la primera, para abonar la cuota correspondiente a la televisión por cable. Fue en ese instante que, sin saber por qué, se instaló en él esa sensación de soledad, como si se tratara de un testimonio ineluctable que comprendía a toda su vida.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583