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Poemas y visiones - 07 de Junio de 2006

Los abuelos

Los-abuelos
Me quiero referir a aquellos que por su condición de pobres no alcanzan la posibilidad de llegar al conocimiento por falta de medios y de oportunidades.

Siempre me dolió la pobreza y traté de comprenderla a base de haberla vivido en ciertas etapas de mi vida.

Pero hoy no tiene las mismas características que aquella que se adueñara, durante generaciones, de miles de familias.

Hay bolsones de pobreza en donde parece que no hubiera pasado la evolución.

Hay lugares de pobreza en donde el ladrillo y la chapa cobija el hacinamiento de seres humanos.

Hay sitios usurpados por la pobreza, mejor acondicionados a lo que a construcción se refiere, pero que no elevan la calidad de vida de sus habitantes.

Pero hay una forma de pobreza que viene incrementándose por aquellos que nunca fueron carecientes, y tal vez es la más delicada porque abarca a personas que no conocen los códigos de los pobres, y se desesperan porque no pueden encontrar su adaptación.

No hace tantos años, la pobreza se vivía de una manera distinta, y tanto la familia como los vecinos eran consustancialmente más solidarios. Además no era común que los hijos fueran delincuentes, adictos a las drogas o al alcohol, y eran menores los casos de abandono o separación conyugal. Tal vez, entre sus normas morales, “El qué dirán”, ocupaba una gran relevancia.

¿Cómo era el mundo de aquellos pobres que fuimos?

No conocíamos los billetes, sólo las monedas. Con ellas se pagaba al lechero (que pasaba a horas tempranas con su carro tirado por el mismo caballo), a cambio del nutritivo líquido blanco que trasladaba desde su tambo a la olla sujetada por las manos de mi abuela. Más tarde el tomatero, luego el vendedor de verduras, frutas y hortalizas, que durante dos horas se detenía a ofrecer sus productos en la esquina de siempre.

Luego de las horas de la siesta, pasaba el turco con su pregón repetido, ofreciendo escobas, plumeros, objetos de mimbre y elementos para el aseo personal. O aquel ruso que timbraba tentando a las amas de casa, con sus sábanas, toallas, frazadas, repasadores, para pagar en cuotas mensuales.

El camión nuevo de Panificación Argentina con su producto pasteurizado que nunca comimos, dado que mi abuelo se levantaba a las horas del alba para elaborar con sus manos aquel básico alimento en su horno de barro.

Recuerdo que en los días de intenso calor, durante el estío, comprábamos una barra de hielo que colocábamos en la pileta del patio, cubierta con arpillera, para que se conservara el mayor tiempo posible. Además, coincidía casi siempre con los domingos, cuando los tallarines de mi abuela recibían a todos los consanguíneos que, a su vez, traían algo para colaborar con los almuerzos.

En aquella, nuestra casa vieja, teníamos los beneficios de la energía eléctrica que recién utilizábamos ni bien entrado el crepúsculo. Además, contábamos con el espiral para los mosquitos, una bomba de agua y el gran fuentón que auspiciaba de bañera, el pozo ciego con olor a acaroína, tres habitaciones de techos altos, que durante el invierno calentábamos con el brasero, y una cocina a carbón, que luego fue reemplazada por el calentador Premium. El fondo ofrecía una higuera y un austero gallinero gobernado por un gallo viejo que, con su cansada y grave voz, nos anunciaba el comienzo del amanecer.

Pero lo más maravilloso y excitante consistía en reunirnos en la cocina a comer tortas fritas, mate cocido y a escuchar la radio.

Recuerdo que era un artefacto cuya carcasa se asemejaba a la entrada gótica de una catedral, por donde surgían voces que nos hacían reír, llorar, gritar algún gol, asustarnos, meditar y enterarnos que existía un mundo controvertido, bueno, feliz y distinto.

Mis abuelos murieron igualmente pobres en casa de mi tía en la Ciudad de Godoy Cruz, en Mendoza, pero alcanzaron a ver la televisión.

Es probable que hayan intercalado sus tertulias evocativas con Biondi, Sandrini, Héctor Coire o Titanes en el Ring.

Tal vez, sus resignadas nostalgias extranjeras, precipitaron sus muertes, pero sin antes ver Sábados Circulares de Mancera.

¿Y sabés que creo? Que quizás se encuentren integrados en esta pantalla que hoy nos permite que vos y yo estemos hablando con ellos.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583