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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

Siembra minas y échate a volar

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Era una nación muy especial, gobernada por seres irresponsables y capaces de cometer las más insólitas crueldades en nombre de ella.

No hacía mucho tiempo la milicia había hecho desaparecer opositores e inocentes por sentirse dueños del poder que suele descuajar, en nombre de la racionalidad y del sentimiento patriótico, víctimas y culpables sin mediar un juicio previo. Cierta parte de la población y el clero lo avaló, otra parte hizo la vista gorda y una tercera comprendió el drama que asoló a casi toda una generación. Si a esto le agregamos una guerra perdida, entre gallos y media noche, con la tercera potencia armada universal, el cóctel resultante otorga características de tipo demencial.

Pero allí no terminó la cosa. La incoherencia democrática, luego de juzgar a los responsables, otorgó la ley de obediencia debida y punto final, creyendo poner la casa en orden y brindó por las pascuas.

En ese momento comenzó a analizarse el terreno nacional para sembrar las minas explosivas que darían sus frutos a los acomodados de turno que vendrían luego.

Un acuerdo previo, una devaluación insostenible, la destrucción de miles de empresas ciudadanas y personas colgadas en créditos de verde moneda, y las tomas a supermercados por parte de la hambruna, dieron el inicio a la colocación de estos temidos artefactos explosivos.

Luego se entregó el patrimonio estatal a favor de grandes monopolios, a cambio de enriquecimientos espurios y un endeudamiento descomunal con los financistas extranjeros.

Se dictaminó, mediante la falacia de la pacificación, el indulto a todos aquellos que habían cometido crímenes de lesa humanidad. Los señores feudales y los allegados al poder se constituyeron en más ricos, más indolentes y más feudales que nunca. La repartija del poder y del dinero favoreció a los tres poderes nacionales, provinciales, a los caudillos cegetistas, a los consejos municipales, a los proveedores del estado, a las mafias, a cierta parte de las fuerzas armadas y a todos los lacayos de turno que fueron muchos y de naturaleza variada.

Y las minas fueron detonando a cada paso que daba el pueblo más desvalido y empobrecido, dado que solamente la dirigencia conocía donde estaban colocadas. El fatigoso deambular de los pobres y de la disminuida clase trabajadora iba produciendo profusas víctimas. Y a causa del hambre, del abandono a los ancianos, a los niños carecientes y por la caducidad de los sistemas de salud, una cantidad semejante de muertes a la que provocó la locura militar, ostentando el slogan “gobierno de reconstrucción nacional”, se puede constatar en las estadísticas de los últimos doce años.

Los gobiernos han cambiado de colores partidarios, pero sin embargo los personajes que saben en dónde estás colocadas las bombas siguen siendo los mismos. Y los miedos, la indignación, la indignidad, la egestad y la falta de un objetivo promisorio, siguen siendo las causales que determinan un camino repleto de minas, que tendrán como consecuencia la voladura definitiva de nuestro país hacia los bolsillos comunes de quienes siguen enriqueciéndose a costa de sus muertos.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583