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Cuentos - 17 de Agosto de 2005

Coleccionista

Coleccionista
Su vida se había convertido en un pedido de rescate que lo resarciera de su amor perdido.

La naturaleza lo dotó de una inusitada belleza, que se refrendaba aún más por su aspecto varonil y su gran capacidad seductora, potenciada por su delicada percepción y una multifacética adaptación respecto a su medio ambiente.


Hombre leído...de un gran gusto para vestir...excelente gourmet y gran conocedor de perfumes, bebidas importadas y dueño de una gran intuición que le posibilitaba penetrar en los medios sociales más acomodados, poniendo de manifiesto su insoslayable carisma.


Su prioritaria intención era conquistar mujeres de convenientes rangos, para alimentar su fama adquirida y hombría.


Le gustaba coleccionar los souvenires íntimos de aquellas mujeres que pasaban brevemente por su vida. Nunca se había permitido salir más de un mes con cada una de ellas, para no involucrarse en situaciones afectivas que lo desviaran de su camino preestablecido.


Esta actitud lo resarcía de su entrega por el primer y único amor que había formado parte de su lejano y casi olvidado pasado.


Una de las puertas de su placard, cerrado con llave, guardaba cientos de prendas femeninas cuidadosamente ordenadas y clasificadas con nombres y fechas, conservando, algunas de ellas, el tenue perfume utilizado por las dueñas, que convidaron su cuerpo en una noche de entrega.


Algo cansado de esos años de conquista, se propuso ingresar en el oscuro mundo de la prostitución, con la intención de desligarse de esa actitud que debía afrontar a través de la constante seducción.


En definitiva, para lo que el quería, cualquier hembra con buenas y jóvenes formas le cubrían sus expectativas. Además, ya no alcanzaba el espacio de su placard para seguir colocando aquellos recuerdos particulares y que sólo colmaban los avatares de una noche.


Algunos de ellos ya se habían diluido por medio de las sombras, con que suele transitarse el olvido.


Solamente la esporádica transición entre bocas, pechos y orificios tibios conformaban el condimento temporal de sus elementales requerimientos.


Se constituyó en el personaje más codiciado de cabarets, privados y lugares públicos en donde se ejerce la mancebía solapada.


Antes de morir le pidió a un circunstancial amigo de correrías que cremaran su cuerpo y que las cenizas fueran arrojadas frente a la puerta de aquella única mujer que había amado hacía ya tantos años.


A la mañana siguiente de haberse producido su póstumo pedido, una escoba barría el sucio piso cubierto de una sustancia gris, mientras la dueña de esa morada le echaba la culpa a aquel vecino, con el que siempre tenía conflictos.


En otro barrio, una vendedora boliviana ofrecía conjuntos íntimos para la mujer, a bajo precio.


Todos fueron vendidos.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583