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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

La vida y la guerra

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Cuando uno se abre al vivífico abanico de interacciones y comienza a enarbolar la tormenta, deberíamos previamente hacer un examen de conciencia, para reconsiderar esa fuerza devastadora con que suele desencadenarse la conducta humana.

Discriminar, significa diferenciar, separar una cosa de otra. Pero noto que cuando estamos discriminando, no nos damos cuenta que hacemos algo peor, y es incapacitar. El pensamiento racional debe ser coalescente, relacional e imparcial, dado que si no caeríamos en la opinión meramente subjetiva.Y en este breve tema, del que pretendo dar mi versión, creo necesario analizar dos puntos. Primero: si es que somos tan perfectos y ecuánimes, habiéndonos siempre apartado del segregacionismo. Y segundo: si en la conciencia moral o en la aplicación correcta de la justicia, somos igualmente infalibles. Busquemos en el sentido común esa brecha que se produce entre las obligaciones y los privilegios. Y aunque la ley puede no ser ética, debemos defender la justicia.

Esto da pié a un pensamiento que elaboré respecto al derecho a la vida que nos asiste, y la relación que ésta tiene con la peor forma de violencia conocida: la guerra. Si tuviéramos la posibilidad de recrear nuestro árbol genealógico y nos remontáramos a 300 generaciones pasadas, seguramente llegaríamos a obtener la siguiente premisa: somos hijos de sobrevivientes. Es evidente que encontraríamos antecedentes ancestrales que los ubicaríamos, por ejemplo, en la cuarta dinastía Egipcia, cuando fueron construidas las pirámides de Keops, de Kefrén, y Micerino. Aquellos sobrevivientes pudieron superar las Guerras Médicas entre Grecia y Persia, en los tiempos de Darío, Jerjes y Altajerjes. Los nuevos descendientes salvaron sus vidas durante las guerras del Peloponeso, habitando Esparta y Atenas. Desde allí, nuevos herederos formaron parte de la expansión romana, alternando las guerras Púnicas con Cartago, junto a Horacio, Persio, Juvenal, Petronio, Tácito o Séneca. Es probable que nuestra sangre se mezclara con aquellos pueblos bárbaros invasores, corriendo por nuestras venas genes germanos, sármatas, godos, eslavos o sajones. Luego, sobrevivieron a Constantinopla vistiéndose de Cruzados, atravesando por las ocho gestas hasta la muerte de San Luis. ¿Habrán vivado a Juana de Arco, desfogando su angustia de cien años de guerra entre Francia e Inglaterra? ¿Habrán presenciado la hoguera inquisidora? ¿Habrán sido Tudor o Láncaster? ¿Sus sembradíos cultivaron rosas blancas o rojas? ¿Fueron adelantados, esclavistas, artesanos, burgueses o campesinos? ¿Llegaron a este continente huyendo de la miseria o de la paz armada de fines de siglo XIX? ¿Dieron su simiente para que hoy estemos disfrutando del privilegio de la vida sin importarle la heredad y el destino? Y lo que resulta realmente maravilloso, es que ninguna de las dos partes que componen el eslabón de esa gran cadena, haya perecido entre tan diversas y azarosas circunstancias. Además, es igualmente destacable que se hayan elegido para continuar aportando descendencia al ecuménico diseño. Pero, es mucho más sorprendente que, entre sus relaciones sexuales, una produjo la fecundación, y que de ese apareamiento, solamente un espermatozoide entre doscientos millones estableció la vida del ser de dónde procedemos.

En base a lo expuesto, que me cuesta comprender la depredación llevada a cabo por la condición humana, sin meditar las causalidades y casualidades que generaron el componente existencial.



Y continuando con este breve recordatorio, que se completa con la primera y segunda guerra mundial, Corea, Vietnam, Medio Oriente, Albania, Yugoslavia, Kosovo, Afganistán, Irak, Palestina, Israel e innumerables conflagraciones independentistas, matanzas dictatoriales, revolucionarias, religiosas, imperiales, étnicas y terroristas, aquí no mencionadas, no quisiera que pasaran desapercibidos los innecesarios holocaustos de Hiroshima y Nagasaki.


GUERRA.


Ese huracán que con fuerza impía, destruye conciencias y reparos, anexándolos al abismo inconsciente que no conoce de almas emergidas, ni de caudales enquistados en sus iras. Ni la luz penetra el oquedal de maldiciones ancestrales. Ni siquiera la conciliatoria duda que conlleve a una equivocación sugerida o inexistente.

Hoy, en medio oriente, impera el yermo sendero despreciable, que soslaya el páramo del no retorno. Y si Dios no se contuvo de crear la guerra, fue por distracción y no por ignorarla, pues, no puede concebirse el desencadenamiento del atroz, dándole sentido al genocidio, dado que sería para Dios, suicidio, y para la nada, sólo el silencio eterno.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583