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Cuentos - 23 de Mayo de 2003

Los jóvenes viejos

Los-jóvenes-viejos
Érase un pueblo redondo, cruzado por una calle de una sola mano, semejante a las trompas de un aparato genital femenino perfectamente unidas. Éstas dividían a los habitantes en dos grandes grupos bien distinguidos: los que tenían sus casas hacia fuera de la calle y los que poseían sus moradas hacia adentro de manera más compacta, en lo que se dio a llamar Manzanas de Nidación. En cambio, a los individuos que se alojaban en los lugares cruzando la calle, se los denominaban extranidantes. Y allí se los ubicaba porque no compartían los secretos que poseían los dueños y fundadores de ese núcleo redondo y macizo, que pertenecían a una casta cuyo abolengo tenía profundas razones intranidantes.


Esto no significaba un distingo pronunciado, dado que todo el pueblo compartía salidas, lugares, espectáculos y centros de reunión, pero lo único que no estaba permitido era que un extranidante entrara a la casa de un intranidante. Ésa era una prohibición establecida por la tradición y de la que todo el mundo desconocía sus orígenes y su sentido, pero igualmente, como ocurre en casos como éstos, a la tradición había que cumplirla y respetarla.


La curiosidad más acentuada entre todos los habitantes del lugar era que las diferencias cronológicas no parecían distinguirse a través de la conducta. Podían visualizarse púberes envejecidos, ancianos aniñados, niños de conducta adulta, adultos con voz de bebé y una juventud dividida en dos ramas: los muy adultos y los demasiado impúberes.


Era una característica del lugar la de que todos vistieran de la misma manera; que vivieran en casas o mansiones pertenecientes al mismo estilo arquitectónico, mixturado entre Tudor y Gótico, y que todos asistieran a la única iglesia del pueblo redondo cuando sonaban las campanas. Cuando esto último sucedía, las filas silenciosas y ordenadas se fusionaban en el punto señalado a diez metros del pórtico de la Basílica.


Un día, como tantos otros, durante el monótono repiqueteo de la llamada al centro de oración, una niña adulta de ocho a cuarenta años desistió de seguir a sus padres adultos aniñados de cincuenta a doce años, escabulléndose dentro de los bajos de la mansión que habitaba y que formaba parte del conglomerado del grupo intranidante, Fue hasta el alto armario que siempre atraía su atención y comenzó a buscar algo que sabía que le iba a servir, abriendo esa infinidad de pequeños cajones. En realidad, ella quería equiparar su edad cronológica, su tiempo de vida psicológico y la razón que se pronunciaba en su pequeño vientre.


En el decimoséptimo cajón halló por fin lo que estaba intuyendo. Una llave.


Tomándola entre sus pequeñas manos salió de su casa, dirigiéndose en diagonal y en sentido opuesto de donde se encontraba la iglesia. Se aproximó a un par de hojas de hierro labrado que oficiaba de puerta. Estaba cerrada.


Ella sabía que con esa llave podría abrir aquella cerradura que se oponía a su paso. Y así fue. Cuando la puerta se abrió de par en par, creyó sentir en su rostro el aura que conlleva al sentimiento de eternidad. Sus breves pasos iban trasponiendo lentamente aquellas lenguas verdes complacientes que entregaba el prado agreste.


Hasta que el tierno matiz por donde sus pies caminaban, comenzó a transformarse en una margarita gigante de pétalos muy blancos y un centro jaldado que irradiaba un profundo esplendor.


La unípara visión empezó a transmitir fotocopias de aquella margarita, a tal punto de hacerle creer que su cuerpo estaba cubierto por ellas.


Sintió un desgarro punzante en sus entrañas.


De repente, del seno del azul celeste que se escondía en su vientre surgió una enorme ola que atrapó sus años, su razón y su llave, haciendo desaparecer la unípara margarita y sus fatuas fotocopias.


Mientras, los perplejos ojos de aquel pueblo redondo no alcanzaban a salir de su asombro, la niña adulta de ocho a cuarenta años se convirtió en una compungida sirena que sostenía entre sus manos un caracol vacío.




Crecer al margen de la raigambre costumbrista produce soledad y desarraigo, aunque a veces vale la pena intentarlo para alcanzar la libertad
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583