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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

El cuento de nunca acabar

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Existe un cuento que tuvo origen en los papiros sagrados de la India, que narraba el origen del universo, del mundo y de una pareja castigada – que tuvo tres hijos – y que debieron cumplir sus condenas en nuestra tierra. Alguien se informó muy bien de aquella tragedia y vertió ese manifiesto cambiando el nombre de cada protagonista, pero no la exactitud del relato. A partir de ese instante se levanta la piedra filosófica que reúne a las tres religiones monoteístas involucrando a judíos, cristianos y musulmanes, es decir, a las 3/5 partes de los creyentes que habitan nuestra tierra. Nada provino de la mano de Dios, si no de la necesidad de responder los siguientes dilemas existenciales: De dónde venimos. Por qué estamos aquí. Hacia adonde vamos después de la muerte.

Pero como el hombre ha narrado lo que la voz del subconsciente se manifiesta a modo de delirio místico, siempre las circunstancias son las que disponen. Hubo un momento que el cuento se convirtió en cancerbero que comenzó a dar dentelladas provenientes de tres enormes fauces anexadas a un mismo cuerpo. El reformador Y’shua, descendiente de David, con sus nazarenos. Mahoma, el elegido de Alá, ascendiente de la rama de Ismael, hijo de Abraham. El ortodoxo pueblo judío aferrado a la espera de noticias emanadas de Jehová.

Esta base conflictiva no ha cesado de proyectar demonios fundamentalistas y que forman parte de la historia de la humanidad. Como en aquellos tiempos nada se mediatizaba, poca importancia se daba a los grandes genocidios. Los 300 millones de víctimas que produjo la conquista en las comunidades indígenas de América, los nueve millones de “herejes” quemados en la hoguera inquisidora, las barbaries producidas por la expansión otomana, las aberraciones que forman parte del antiguo testamento – libro que hermana a esta trilogía de enemigos viscerales – y la expansión del sionismo a costa de cualquier precio, conforman la simiente de una leyenda que justifica el sangriento mandato en nombre del rey de los cielos.

Es curioso que no existan más profetas, emisarios divinos, palabras de Dioses surgidas de una piedra o árbol en llamas, que oriente los designios de una humanidad o pueblo descarriado. Hace miles de años que únicamente los jerarcas de cada religión se endilgan la conducción Teosófica, sin avistar un mensaje proveniente del más allá. Los becerros de oro empobrecen y asesinan semejantes en nombre de sus mandantes divinos, tiñendo al mundo de sangre y venganza, fórmula repetida a lo largo de toda nuestra historia.

Las actuales y futuras conflagraciones de Medio Oriente entre Judíos, Palestinos, Libaneses, Afganos, Iraquíes, Estadounidenses, Iraníes, Sirios, Norcoreanos y Pakistaníes, son la muestra acabada de un conjuro que envuelve maldiciones ancestrales, haciendo que cada bomba represente un testimonio dictaminado por cada Ser Celestial que otorga la razón al victimario.



Si los ángeles enviados destruyeron Sodoma y Gomorra, ¿habrá sido Truman un emisario divino que cumplió la sagrada misión de borrar a los inocentes de Hiroshima y Nagasaki de la faz de la tierra?
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583