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Cuentos - 30 de Septiembre de 2006

La rosa sin dueño

La-rosa-sin-dueño
Hilario, había nacido en Marzo de 1956 - durante el gobierno de facto de la Revolución Libertadora - en una casucha pobre establecida en Villa Piolín. Su modesta y numerosa familia trataba de subsistir entre la mendicidad y algún que otro trabajo insalubre mal pago, conseguido por su viejo, que nunca duraba más de lo esperado.


Los escasos colchones y algunos harapos cobijaban a aquellos ocho cuerpos, venidos del interior con el fin de mejorar sus condiciones de vida.


Al morir su padre, a la edad de 43 años, la situación se volvió más difícil. Su madre, que laboraba de lavandera, permanecía ausente hasta las altas horas de la noche, debiendo él y sus cinco hermanos comer el escaso alimento guardado en una caja que funcionaba a modo de alacena. Luego de aguardar el retorno de su mamá, desfalleciente y demacrada, se iba a dormir en el hacinado piso, orando y pidiendo para su futuro: éxito, renombre y fortuna, es decir, todo aquello que veía en las viejas revistas apiladas - reservadas al botellero de la villa - dónde los personajes sonrientes mostraban su buen pasar e inmensurable fama.


Consiguió un empleo en una fábrica textil que con el tiempo lo llevó a ganar un buen jornal, permitiéndole ayudar a su indigente hogar y retomar sus estudios que habían sido abandonados por causa de otras prioridades más acuciantes.


Completó la primaria, la secundaria y con el tiempo se recibió de ingeniero agrónomo.


Durante todos esos años - corría 1995 - nunca había dejado de rezar y pedirle al Dios de los milagros, los tres recursos mencionados en su infancia. Hasta que una noche, inesperadamente se le presentó sonriente - al pié de su lecho - una figura reluciente de atuendo blanco y transparente, quien abriendo aquellos brazos, cuyas palmas mostraban dos profundas cicatrices, le dijo: - Te daré todo lo que tanto has pedido. Pero existe una condición. En un billete de dos pesos dibujarás una rosa en el dorso. Luego, comprarás cualquier cosa que necesites y pagarás con él. Esperarás tres días para procurar recuperarlo. Si volvieras a poseerlo, serán concedidos todos tus deseos -. Una vez dichas esas palabras, la imagen se diluyó abruptamente. Hilario, se quedó con las ganas de querer preguntarle sobre un montón de incertidumbres, que siempre ocupaban su mente. Pero no le fue posible.


Al día siguiente, a tempranas horas, dibujó cuidadosamente una rosa en el papel de dos pesos y fue a un quiosco de diarios a comprar la revista deportiva preferida. Pagó el precio establecido, incorporando al valor el billete marcado.


Pasado el tiempo establecido por aquel ser fantástico, le pidió al vendedor de periódicos que le diera, como cambio, todos los billetes de dos pesos que guardaba en su caja recaudadora, ofreciéndole una buena propina por tal gauchada. Éste se los entregó, pero no encontró lo que tanto ansiaba. Entonces preguntó a qué proveedores les había abonado, obteniendo por respuesta: - A los repartidores de Editorial Atlántida -


Averiguando la dirección de la empresa editora, fue a la oficina correspondiente y pidió al encargado que, a cambio de una buena remuneración, le permitieran ver todos los billetes de dos pesos recibidos por cobranzas. Estuvo cerca de una hora, observándolos uno por uno, sin poder resolver su cometido. Antes de dejar aquella buena gratificación, indagó respecto al banco dónde era llevado el monto de la recaudación. El empleado le contestó: - A la Casa Central del Banco de Galicia -. Inmediatamente fue a su domicilio, tomó todos sus ahorros y partió para el microcentro. Una vez que ingresó a la entidad bancaria, le pidió al tesorero que le diera cambio de dos pesos correspondiente al equivalente de su dinero.


Dedicó gran parte de la tarde buscando infructuosamente lo esperado.


Hilario, se pasó el resto de su vida tratando de encontrar ese particular billete de dos pesos.






Como todos los fines de semana, la viuda de Jorge Esteban González, iba a visitar al cementerio de la Chacarita a su entrañable pérdida, depositando la ofrenda floral acostumbrada. Le llamaba la atención que contiguo al jardincito de su esposo había una tumba descuidada, cuya cruz de madera tenía por inscripción el nombre de Hilario Balmaceda. Se prometió, la próxima vez, dejarle una flor a este desdichado ser olvidado.


Y así fue. Al sábado siguiente, luego de abonar el ramo que simbolizaba el amor de toda una vida, recordó aquella parcela olvidada. Entonces, pidió una flor para colocarla en ese espacio de tierra que albergaba en su interior el cuerpo de Hilario. Pagó con un billete de dos pesos que tenía la particularidad de tener en el dorso una rosa dibujada. La misma, que fuera colocada en esa sepultura abandonada.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583