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Cuentos - 26 de Septiembre de 2003

La dulce reina


Recuerda que su madre, antes de morir, le contaba sobre su nacimiento y el de sus hermanas, por tratarse de un día muy especial vivido en el ambiente de la corte. Todo el mundo entraba y salía de la recámara real, demostrando la gran inquietud que despertaba el advenimiento de las futuras sucesoras de aquel trono secular, bien gobernado por la más justa de las reinas conocidas. El constante murmullo irrumpía a veces en el recinto con mayor sonoridad, motivado por alguna noticia que llegaba confusa, o por el acontecimiento que estaba a punto de producirse, que propiciaría la continuación de esa especie universal como factor primordial para sostener el equilibrio ecológico que la naturaleza imponía.


El quíntuple nacimiento no tardó en ocurrir y tal acontecimiento fue comunicado al pueblo por medio de la vocera del palacio, recibiéndose la feliz noticia con estruendosa algarabía. Minutos después, todo volvió a la habitual normalidad, siendo el trabajo la primera consigna que refrendaba el principal fundamento que los distinguía del resto de los habitantes de la tierra.


Solamente en el ámbito más allegado y privado de la corte se conocía el hecho de que una de las hijas había nacido con una deficiencia congénita que afectaba su radar natural y, por consiguiente , el primordial sentido de la orientación.


Consultada la hechicera y galena del reino, ésta diagnosticó que la minusvalía de aquellas criatura era de difícil cura y que se debía esperar hasta la etapa de su pleno desarrollo.


La madre, como corresponde en estos casos, ocupaba el tiempo libre prodigando a su limitada hija el mejor de los cuidados y una entrega de mayor amor y ternura. Sus cuatro hermanas poca atención le prestaban, dado que vivían abocadas en brincar y crecer, dejándola siempre al margen de aquellos juegos infantiles que suelen matizar el crecimiento de los seres normales.


Así fue que, pasado el tiempo necesario, las cuatro princesas comenzaron a competir entre ellas para demostrar quién podría tener las mejores virtudes y así llegar, en su momento, al trono sucesorio de su madre.


Mientras tanto, la limitada hermana siempre iba acompañada por las custodias del palacio a recorrer los alrededores de los predios aledaños, hasta el límite de los altos trigales, debido a que más allá le era negado transitar por causa de su innata incapacidad.


Había llegado a la edad del desarrollo y, ansiosa como nunca, fue a ver a la vieja hechicera para saber si ella podría encontrar la solución a su discapacidad, que tanto la había marginado del resto de las herederas. Un grano transparente que oficiaba de bola de cristal, fue consultado por la sabia anciana, extrayendo de él la respuesta tan anhelada por la adolescente: -Debes recorrer sola el camino que lleva al pie de la montaña y extraer el néctar que encontrarás en la gran orquídea azul.


Allí dio comienzo lo que sería el principio de una gran odisea.


Proveyéndose de los víveres que sustentarían su larga travesía, emprendió el periplo que la conduciría a solucionar definitivamente su problema congénito. Pero....¿cómo haría para recorrer ese camino sin su sentido de orientación?


Desterró de su mente los miedos, sabiendo que su vida no tendría sentido si no recuperaba sus capacidades.


Aprovechó las fuertes brisas que soplaban en aquel nuevo amanecer y se dejó llevar raudamente por encima de los altos trigales, atravesando el cristal de la sinuosa laguna y los campos que albergaban al girasol. Mientras observaba el paisaje intrépido de llanuras y montes, se detuvo a conversar con el Viento, ese viejo amigo conocido y personaje de tantas leyendas, tratando de comunicarle su interés en encontrar la montaña donde florecía radiante la orquídea azul.


Él le respondió que no tenía información respecto de la existencia de esa flor, dado que habiendo transitado durante siglos ese mismo espacio y terreno, jamás contempló algo que se le pareciera a lo descripto. Pero le sugirió, a pesar del riesgo que significaba, que se contactara con su padre "el Huracán", porque él tenía más vastos conocimientos de lugares que nadie había visto. Ella le pidió que la ubicara donde abundaban los temibles ciclones, por lo que el Viento la depositó al lado de un vetusto cactus y se despidió, deseándole buena suerte, alejándose de allí con premura. Ella contemplando ese cuerpo espinoso, trepó con cuidado y poniéndose a la altura de los oídos del viejo cactus para que oyera mejor, le preguntó si por allí solía pasar con frecuencia el temible huracán, recibiendo por respuesta que así era, pero que el albergue que había escogido no era el ideal dado que la vejez había mermado las fuerzas de sus profundas raíces, haciéndole pensar en la imposibilidad de poder resistir los próximos ventarrones. A pesar de esta contestación, ella sintió confianza en ese amparo y con un "no importa, aquí me quedo", empezó a agitar su frágil cuerpo para suavizar el calor insoportable que allí adentro reinaba.


El atardecer llegó con su luz rojiza para envolver de color y quietud aquel yermo terreno, como presagiando un incierto desenlace. Luego la brisa cálida principió invadiendo el espacio abierto, aumentando gradualmente su intensidad, hasta convertirse en raudos remolinos. Más tarde, el rigor de mil vientos asolaron el territorio, convirtiéndolo en una humareda que no permitía distinguir nada. Ella se introdujo otro poco, asustada y temblando, en la oreja de aquel cactus, esperando lo dramáticamente predecible. El fragoroso sonido del huracán se confundía con los gemidos de ese amigo que la cobijaba, y un sórdido estridor que parecía emerger del centro de la tierra acompañó el último estertor de aquel cuerpo espinoso, diluyendo su alma en el espacio como alcanzando el cielo ennegrecido en medio del vértigo que propiciaban mil cocteleras juntas. Creyó que nunca más dejaría de volar por los aires dentro de ese ser ya sin vida, hasta que sintió que se precipitaba en un vacío pleno de silencio. El brusco aterrizaje hizo que se golpeara fuertemente en ese tímpano que jamás volvería a escuchar el son de la existencia. Recomponiéndose, se dispuso a salir con el fin de descubrir el lugar donde había caído. La entrada de aquel oído estaba obstruida por un hueso disecado y haciendo el posterior intento obligado que imponían sus mermadas fuerzas, emergió, encontrándose al pie multicolor de una majestuosa montaña que sostenía en su base a una infinita cantidad de osamentas con alas y a un deslumbrante jardín natural de intenso color azul. El ingreso estaba custodiado por un imponente cóndor de cuello rojo y maravillosas alas extendidas albinegras. Detrás de él, como inclinadas por su porte, se encontraban cientos de orquídeas azules. Acercándose medrosa, le preguntó a aquel pájaro si le permitiría libar el néctar de una de aquellas flores, obteniendo por respuesta que ese sitio era una necrópolis sagrada que albergaba los restos de sus antepasados, y que no podía ser traspuesto por otro ser que no fuera de su especie, ya que del cuidado de su custodia dependía su propia vida. Ella intentó persuadirlo expresándole que la sacralización de los más conspicuos muertos no alcanzaba para compensar el mínimo sentido de la vida y que para lograr la máxima perfección de su naturaleza precisaba de la conmiseración de aquel vigía. El ave, reflexionando profundamente sobre las palabras antedichas, emprendió su vuelo hacia las altas cumbres, advirtiéndole que solamente debía entrar al predio de orquídeas sin que fuera vista por algunos de los supervisores que fugazmente hacían su acostumbrada ronda.


Mientras el cóndor planeaba haciendo alarde de su natural belleza, el pequeño ser penetró en el edén azulado y succionando con el mayor cuidado el néctar de la más cercana orquídea, sintió por primera vez que su existencia alcanzaba la forma deseada, completando feliz el motivo de tan arduo viaje. No bien comenzó a disfrutar de su sentido de orientación, se detuvo a pensar sobre el gran trecho que debía recorrer para retornar al palacio. Un frío medular propició sus miedos y esperando el regreso de su amigo cancerbero, elevó sus ojos al firmamento tratando de encontrar al espléndido ser alado. Cuando éste volvió ella le comentó su preocupación y entonces fue que, tomándola suavemente, el ave la colocó en su robusto cuello. Inició el despegue vertiginoso siguiendo el dictamen orientativo que le transmitía su amiga. Una vez que abordaron el contorno de los altos trigales, ésta le pidió que la depositara allí, dado que su palacio se encontraba detrás de aquel sembradío.


La despedida fue silenciosa y emotiva y una gota indiscreta cayó de los ojos del cóndor, bañándola casi por completo, dejándola impregnada de un fuerte olor a sal.


No pudo dejar de mirar hacia atrás repetidas veces, hasta ver alejarse a ese amigo que le había permitido recuperar su normalidad. También recordó a ese ser espinoso que, cobijándola en su endeble cuerpo, ofrendó su existencia como el último testimonio de lo que significa "dignificar la vida".


Hoy es la abeja reina de la colmena que nos suministra, con su dulcedumbre, la nutritiva miel. Todas las mañanas, cuando me acerco, parece que por una de las celdillas del panal asomara su coronada cabecita para saludarme.




"EN EL HECHO DE SOSTENER Y LUCHAR CONTRA LAS DIFICULTADES QUE LA VIDA IMPONE, ALLÍ SE ENCUENTRA EL SENTIDO DE TRASCENDENCIA"
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583