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Breves historias de vida - 16 de Noviembre de 2005

Los sesenta

Los-sesenta
Llegaron al fin. Sin pedir permiso, ni siquiera suponiendo el sentir de mis neuronas. Tocaron el timbre, los dejé ingresar para quedarse hasta el año que viene, augurando la posibilidad de incorporar nuevas enseñanzas. Como siempre ha sido en este pasaje de concurrencia evolutiva.
Todo mi ser se involucra en el agradecimiento, donde las malas fueron el aprendizaje necesario, hoy simples menciones de un amplio anecdotario.
A mis padres y abuelos, les agradezco haberme brindado el amor que aprendieron, a veces al tanteo, iluminados por buenas razones. Ésas que otorgan la pobreza. Y a la parca, que me ha mirado varias veces a los ojos, perdonándome la muerte. A mis tres grandes amigos, que sacaron la sortija del carrusel, primero que yo, y deben estar ansiosos por contarme sus anécdotas celestiales. A la vida, que me ayudó a comprender que en un mismo plasma existen dos núcleos, girando en oposición, haciendo posible la indivisa sujeción de la especie. Haber podido interpretar las diferencias entre hombre y mujer, compartiendo nuestras semejanzas en este universo consensuado por la armonía del dilema. Darme cuenta que principié a ser hombre cuando dejé de ser amante de maniquíes sofaldados, esperando el adiós en un hastío de alborada. Haber descubierto al mentor de la falacia, transformando la traición en perdón, correspondiendo al legado de la condición humana, y a esos fantasmas que alguna vez fueron parte de mis huellas.
Interpretar que la sabiduría está en haber existido, y si la capacidad del emprendimiento no fue suficiente, nunca la gratitud dio las espaldas al tiempo transcurrido. Porque allí está el manantial de estrellas, que observan desde el cielo, sugiriendo la firmeza del espacio que existe entre nosotros, gozando de trascendente libertad, manteniéndonos unidos en la distancia comprendida que exige el respeto.
Cuando el cansancio se torna fatigoso y el objetivo está lejos del supuesto, debemos detenernos a contemplar el tramo conseguido. El esfuerzo se vuelve visión de todo aquello que nos quitó la celeridad. Y el nido que no vimos, está reposando en la copa del árbol donde buscamos recuperar el respiro, amasando vida en la razón del canto, alumbrando el cauce del camino. Cotejando la distancia intransitada, el espíritu se asegura que hayamos entendido el plan que está fuera de nosotros.
Será de tanto sofrenar mis ansiedades, que puedo darme cuenta del registro inventariado. Una mujer que apasiona mi acreencia; las gracias a quienes fueron mis maestros; el vientre que me queda de familia y un puñado de seres elegidos, fuera del fatuo egocentrismo vano. Y mi patria, un lugar poco común, amistoso y entrañable, como la sangre que cobija el nuevo vamos.
Pasado, presente y futuro, todo un desafío para continuar estando, consolidando la certeza, agregar sabiduría al amor y viceversa, y esta misión de ser digno a mi conciencia.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583