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Cuentos - 17 de Septiembre de 2004

El extraño mundo de Fobela

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Más allá de los lúgubres bosques que anillaban al monte Etna, donde fuera el hogar del cíclope y el unicornio, se levanta una humilde choza construida de juncos y adobe en la que habita Fobela. Ella heredó este último reducto de vida de un antropólogo belga que transitó esas tierras tratando de encontrar la Fuente de la Eterna Juventud, lugar donde Júpiter bañaba sus pies, fabricando la fragua para Vulcano. Los informes obtenidos de las tribus seculares afirmaban su existencia, pero Peter (así se llamaba el antropólogo) vio envejecer sus vísceras y huesos durante la búsqueda infructuosa y pereció, al igual que su ilusión, un mes de marzo de un año que no pudo recordar.


El diario, encontrado por Fobela detrás de un arce vetusto, parecía una bitácora escrita por un capitán de barco en pleno naufragio. Las hojas húmedas y llenas de mandrágoras comenzaron a ser leídas ávidamente por aquella niña, que fuera abandonada por sus progenitores a la buena de Dios, deteniéndose en cada esquema o mapa, malamente diseñado, quizás con la curiosidad de encontrar en ellos el sitio virtual de su incierto origen. Al pie de ese árbol también se hallaban dos dados amarillentos clavados en sus puntos de ases.



Fue en una mañana cualquiera que despertó de un fatigado sueño y vio que, encima del mantel raído de la destartalada mesa, los dados danzaban al ritmo imaginario de una cadenciosa música. Su piel, rugosa por la mugre, se llenó de imperceptibles montículos que se conectaban con la sorpresa y el miedo a lo desconocido. Cuando los dados dejaron de bailar, se acercó temerosa a la mesa y, sentándose en el tronco que improvisaba de silla, los contempló absorta. Del más amarillento de ellos emergió un mono de larga cola que, en sorprendente malabar, la enroscó en un tarugo de madera empotrado que supuestamente oficiaba de improvisado perchero. Y entre cabriola y cabriola iban apareciendo en el histriónico mico, vestimentas que cubrían cada una de sus partes desnudas. Los brillantes colores entusiasmaron a Fobela, dado que por primera vez escapaba de la tediosa tonalidad verde oscura para sumergirse en un mundo multicolor. Toda la choza se iluminó con luces fulgurantes y alcanzó a visualizar que en el rincón más próximo a la única ventana de caña tacuara, nacía un arco iris que albergara en su base un arcón que, según sus recuerdos, no figuraba en el inventario de ese sitio.


Y siendo la curiosidad una condición humana, no pudo evitar dejarse llevar por sus instintos e investigar en el contenido de aquel mágico cofre. La dimensión de sus ojos claros fue aumentando cuando extrajo un hermoso vestido de seda rosa, con piedras brillantes transparentes incrustadas en ruedo, breteles y cinturón. A medida que lo iba sacando lentamente, como si se tratara de lo más frágil por ella conocido, distinguió en el fondo de la caja un par de zapatos de cristal, de igual tonalidad, y un alhajero, que al abrirlo, inundó su mirada de luz como si allí se fusionara una porción de sol, que pocas veces pudo descubrir sobre la frondosa selva que habitara.


Comenzó a ponerse cada una de esas prendas encontradas, al tiempo que el simio aplaudía y gesticulaba lanzando estridentes chillidos, que llenaban el ambiente de una primitiva algarabía jamás escuchada por la niña. Ni aun el canto de los pájaros que moraban en su silbido, podía equipararse al total regocijo de ese momento.


El cuadrumano, tomándola del brazo, la subió a la mesa, arrastrándola por medio de un accionar contorsivo, dentro del punto clavado en el as del dado más amarillento. Un túnel profundo y oscuro con forma de tobogán los precipitó hacia la salida de un lugar nunca visto por ella. El cielo turquesa del atardecer bañaba con su tenue resplandor el jardín multifloral. Orquídeas, lotos, nenúfares y floripondios circundaban un camino de arenas blancas por donde se entrecruzaban los vuelos de los más diversos pájaros. Ninguno de los cantos aprendidos superaba la armonía de los distintos trinos escuchados. Y no se daban todos juntos y confundidos, no. Parecía que cada ave respetaba los espacios de tiempo que a cada una le correspondía, por respeto y admiración. Y la admiración es elogiable, sobre todo cuando los códigos naturales emanan de la voluntad de Dios. Y Dios estaba en ese paraíso como flotando sobre cada ser representativo de aquella comarca.


El sol se ocultó definitivamente, y en un cielo azul francia estaba suspendido el gran rostro de la luna. Pero era una luna sin marcas de viruela, pues la superficie se contemplaba uniforme como un ámbar transparente. Sus reflejos estallaban en el cuerpo de Fobela a través del destello de las piedras que ribeteaban su vestido, iluminando el sendero como si fueran un grupo de luciérnagas juguetonas que transmitían en su zig-zag, la lumínica compañía.


Caminó durante bastante tiempo, hasta encontrarse con la orilla de un lago majestuoso que en su fondo parecía contener el enorme rostro de una perla. Observó minuciosamente su imagen espejada, sin que allí se perdiera el contorno anillado de su esfera saturnina. Escuchó los cascos de un corcel que se acercaba y un frío medular invadió todo su cuerpo. ¿Era el temor de lo desconocido que la había paralizado, haciéndola moverse sólo apenas para ocultarse detrás del árbol más próximo? Seguro que sí. Pero otra vez la curiosidad, que le había otorgado tan buenos resultados, afloró agitando de manera voluptuosa su incipiente pecho, igual que aquella vez cuando llovió torrencialmente por una semana y se inundó por completo su modesto rancho.


La silueta de un jinete apareció, fantasmagórica. Desmontando, el hombre se acercó lentamente a la orilla del lago. Ella pudo apreciar el rostro masculino reflejado sobre el borde de las quietas aguas y se sorprendió por su inusitada belleza. Aumentando su trémulo comportamiento instintivo, sintió aflojarse sus piernas estacadas. El tiempo se detuvo y solamente el palpitar de su corazón parecía retumbar en el silencio de la noche. Sin darse cuenta, sus pies comenzaron a moverse independientemente de su voluntad, hasta detenerse al lado de aquel hermoso ser que propiciaba su honda inquietud. Pequeñas perlas caían de esa bella cara, que parecían ser atraídas al centro del lago donde residía la perla mayor, como barcos que se pierden en el horizonte del mar, atrapados por el sol del atardecer.


Ella silbó, imitando el trino más melódico conocido, obteniendo por respuesta el peor sonido gutural jamás escuchado. Quiso correr, pero no pudo. Un sentimiento de pavor se alojó en sus venas y un sabor a hiel comenzó a aflorar de su paladar. Hasta pensó que nunca más volvería a despuntar de sus labios el dulce trino de lo aprendido.


Y el llanto de aquel hombre continuó bajando por su rostro crispado, hasta transformarse en una gran catarata azul. Tal vez así se vislumbrara por el color de sus ropas principescas, finamente entalladas en su envidiable cuerpo viril. Otro quejido tenebroso se perdió en la noche callada, quizá silenciada por el dolor derramado en el manantial de esas lágrimas. El quiso acercarse y tomarla entre sus brazos fatigados, pero ella ganando fuerzas de flaquezas, principió a correr sin rumbo fijo hasta tropezarse con aquella mujer que transitara sigilosa a la vera del camino. Esta vez fue su grito el que llenó la noche de asombro, debido a que nunca antes se había cruzado con alguien de tan deformes facciones, que solamente podrían habitar en la más tortuosa mente diabólica. Pero una voz reflexiva y dulce la calmó. Un murmullo almibarado por selectos néctares penetró en sus oídos, dulcificando el sentido del idioma.


Sintió elevar su cuerpo en cada nota surgente que nacía de aquella voz y una nueva comunicación telepática unificó el diálogo de esos seres. El etéreo sonido imaginado pareció aferrarse a su conciencia, independientemente de cualquier actitud volitiva. Y esto escuchó: "La efímera belleza sucumbe en los sentidos como el lago al pie de la montaña.


El espíritu se enaltece por la gracia majestuosa del dolor aprendido, siendo el goce una efímera sensación perecedera. La percepción del estar no es la misma que la del pertenecer, debido a que el mundo de lo vivido nunca podrá equipararse al universo de lo aprendido. Y es la simple sabiduría la que nos permite crear y crecer, haciéndonos comprender que lo hermoso no está fuera de los ojos sino dentro de ellos, como así también que el frío sufrido por la piel no será nunca igual al invierno padecido por las almas".


Luego la voz se disipó hacia el murmullo cercano de los grillos. Fue entonces cuando Fobela emprendió el definitivo regreso, desandando el oscuro camino de arenas blancas, ahora entrelazado por el vuelo de las aves nocturnas de ausente trinar.


Llegó donde estaba esperándola su amigo el mono, quien tomándola con su húmeda mano, la condujo nuevamente por el túnel del dado amarillento clavado en as.


Retornó a su gris morada circundada por la espesura verde oscura, que parecía envolverla como nunca, mientras la reverberación de la llama de una vela casi extinguida acompañaba el danzar de las sombras espectrales.


Aún hoy, cuando teje sentada sobre el tronco que de silla hace, surge el esporádico recuerdo de que en un día como ese, hace setenta años, despertó fatigada para ser llevada por el camino de la vida.




"¡En qué plano de la locura

se hallará el deseo de perpetuidad!"
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583