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Cuentos - 22 de Agosto de 2005

Testimonio

Testimonio
Parecía uno de tantos, pero igual que todos aquellos me sentía distinto, capaz de alcanzar esas pocas ilusiones que signaban el anhelo futuro. Y entre ellas estaba esa que sustentaba el amor.


A medida que iba aportando lo mejor de mi sensibilidad e inteligencia para construir esa parte de señeras esperanzas, un día, mientras estaba disfrutando el áspero sabor de un whisky barato, ella apareció por la lente marginal que divide la realidad de los sueños.


Luego de superar el atragantamiento, continué observando a aquel orlado ser de texturas celestiales. Viendo que ese rostro, esas piernas y brazos se exponían maliciosamente por fuera de aquellos hermosos atuendos, pude también observar la distractiva acción de su deambular por el pequeño recinto que cobijaba a unos pocos parroquianos, sembrando un halo de misturados aromas en cada desplazamiento seguro de sus pequeños pies.


Escogiendo, como al azar, una silla donde acomodar sus sinuosas formas, sin mirarme a los ojos preguntó: -Puedo?, y sin esperar respuesta alguna se sentó frente a mi en la misma mesa.


Mirando a través de la ventana ocasional que cubría el habitual espacio de los curioso ausentes, hizo una seña al chofer que conducía un lujoso automóvil negro para que se marchara.


El mozo, que esperaba a su lado igual que un perro faldero, recibió la orden: - Un té con miel.


A medida que iba aquietando sus movimientos, unos profundos ojos grises comenzaron a recorrer mis visibles contornos hasta posarse definitivamente en mi absorta mirada. En ese instante, todo el espacio intangible que separaba nuestros cuerpos comenzó a dulcificarse, al tiempo que las oraciones breves y fluyentes parecían transformarse en libres fonemas ligados solamente a la renovada esencia del sentir.


¿Por qué se encontraba todo mi ser cercenando la presencia de mi rutinario estar? ¿Qué había de extraño en mis latidos que parecían disolverse en el vaivén de cada uno de sus armoniosos movimientos, como si el aura que cubría a aquella mujer fuera una causa misteriosa por donde se transfundían los hálitos como monosílabos insuficientes?.


Ella continuaba desarrollando una temática explícita y cuidadosa, detallando cada uno de mis pasajes de vida como una experta zahorí que transpone las puertas de un purgatorio que suele acompañar a cada uno de los más recónditos secretos.


Y a medida que su voz se iba evaporando, narrando las quimeras olvidadas de mi existencia, un ramo de claveles eran depositados al pié de mi lápida ausente de testimonios y recuerdos, como las caracolas que encierran los cerrados espacios del mar.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583