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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

Moriré en tu suelo

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Antes de narrar brevemente algunos pasajes existenciales, quiero manifestar que se entiende por Patria a la Nación propia de cada uno, con la suma de cosas materiales e inmateriales, pasadas, presentes y futuras que cautivan la amorosa adhesión de sus nativos.

La razón de ser se basa en un conjunto de causales que permitieron la supervivencia de mis antepasados, quienes eligieron este suelo para desarrollarse en sacrificio, pariendo hogar y nuevos hijos.

Y a pesar de la proclama de muchos que alegan recordar el fervor con que cantaban durante la niñez los temas patrios, debo confesar que me aburría mucho tener que aprenderlos en la hora de Música. Sin embargo, me gustaba ver como trepaba el mástil mi bandera.

El guardapolvos que llevaba no tenía tanto almidón. Encima tuve la desgracia que se rompiera, en parte, con un alambre del patio de la escuela durante los minutos del recreo. A partir de ese momento, un siete bien zurcido fue el compañero de mis clases, pues la pobreza no permitió reemplazar ese atuendo colegial, que fue el más barato de Casa Quintás.

Comencé a trabajar cuando tenía nueve años haciendo cachuelos. Desde ahí no paré hasta este momento de vasta incertidumbre.

El desengaño afectivo me varó en tierras extrañas, permitiéndome conocer el hambre, la injusticia, la tortura y la culpa de no estar en mi patria junto a mis hermanos desaparecidos en fosas comunes. Estoy seguro que algo hubiera hecho por ellos, aunque me costara la propia vida. También lamento no haber asistido al obelisco durante el festejo de nuestro primer Campeonato Mundial de Selecciones y abrazarme con mi gente.

Hoy solamente me quedan mi vieja y mi patria, que en definitiva me fusionan a su mismo sentimiento maternal. No podría dejarlas desamparadas, dado que mi profunda convicción es luchar por ellas y entregarles lo mejor que tengo. En definitiva, no es otra cosa que devolver lo que me han brindado.

Además,¿ cómo haría para llevarme la pampa, los ríos, la aridez patagónica, los picos de sus montañas, la serranía y el canto, la cascada de su selva, malvinas junto a sus cruces y los glaciares eternos. Los aromas, la barriada, mis viejos discos de tango, mis amigos, la tertulia en el bar Ramos, el dolor de mis hermanos, los libros desempolvados de Jauretche, Arlt, Alfonsina, Ingenieros, Marechal. El sabor de un buen asado, la jaula con el zorzal, un domingo en la perrera o esa luna de arrabal?.

Para terminar, y sin tener la pretensión de aburrirte demasiado ¿sabes porque me torturaron?, por el orgullo de ser argentino. Nada más que por eso me la juraron, porque jamás permití que ningún mal nacido se manifestara en contra de mi patria.

Por eso, al que le de vergüenza decir el apellido de su tierra para eludir el cargo de ajenos comportamientos mafiosos, o bien para mejorar, en exóticos lugares, su bolsillo de escasos recursos, le digo que un lecho argentino jamás habría acompañado los últimos estertores de Manuel Belgrano, quien murió en la egestad y abandonado por el poder político de aquellos tiempos tumultuosos.

Mas, si te encuentras lejos del terruño y estas no fueran razones suficientes, envíame las cartas para tu vieja.

Se las voy a entregar con un beso, como si fuera la mía.



“La grandeza de un pueblo jamás se construyó sobre las ausencias”.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583