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Cuentos - 01 de Marzo de 2006

La finitud del infinito

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Fastidiado Jehová de reposar en el atemporal living de la infinitud, y de estar mirando la polidimensional televisión que fuera mostrando la historia de la humanidad, se dispuso a terminar con el séptimo día dedicado a su descanso.


Lanzó un gran bostezo, conmoviendo las constelaciones, y se propuso dejar a su creación sin efecto, dado que estaba bien enterado de lo que ocurría en el único planeta del universo, dónde concibió la vida. Su decisión se fundamentaba en cómo se habían desmadrado sus principios, produciendo distintos dogmas filosóficos, viendo que unos pocos se enriquecían - en nombre suyo - generando miseria e intolerancia en la mayoría de sus hermanos. Además, el resto de los humanos destruían semejantes y ecología, con el fin de conservar un poder nunca antes obtenido. Encima, la ciencia avanzaba a pasos agigantados, haciendo trastabillar su sabiduría absoluta, corriendo el riesgo de que la divinidad se convirtiera en una sencilla verdad mundana. Entonces, dio por extinguido el sexto, quinto, cuarto y segundo día, eliminando la tierra y todo ser viviente por medio de un vórtice de fuego. Solamente cinco astronautas se salvaron de la catástrofe, quienes observaban desolados, por las ventanas de la nave, esa bola ígnea que aún pendía en el cercano espacio. Luego, morirían por inanición.


Dios, siguiendo el curso inverso de su creación, apagó todo astro que cursaba el universo. Y tomando un grupo de estrellas, ya sin brillo, las apretujó de tal manera, que obtuvo una pelota, haciéndole recordar a su famosa mano, que le dio la oportunidad de ganar aquel campeonato mundial de fútbol jugado en 1986. Trató de hacer jueguito, pero la gélida y pétrea masa le produjo una gran inflamación a sus pies.


Los agujeros negros, al ver que el Hacedor se había puesto furioso por el dolor de sus empeines, se dispusieron a tragarse todas las galaxias. Más tarde, sintiéndose aburridos y sin posibilidad de futuro, se comieron a sí mismos, dando por concluidos el tercer y primer día de la regresión creativa.


Habiendo cumplido con su tarea, Jehová tomó una linterna dispuesto a emprender el regreso a su atemporal living de la infinitud, para reposar y pensar, satisfecho, sobre la aniquilación ejecutada.


El polidimensional televisor encendido, dispuso de su voluntad, reproduciendo imágenes del pasado de la humanidad que hiciera desaparecer, cuando los pueblos politeístas habían diseminado cada parte de su eminencia celestial, en un repertorio de dioses y semidioses pertenecientes a la mitología. La pantalla conocía muy bien la mente del Omnipotente, pues se trataba de su tema preferido. Toda aquella variedad de nombres emanados de su divinidad, le permitía ver diversificada su esencia, cosa que lo entretenía sobremanera.



Caminando lentamente por las márgenes del todo, se dispuso a extraer una porción de nada y así poder elaborar un Dios igual a Él, pero virgen de memoria. Ventaja que le daría para suministrarle la enseñanza precisa y conveniente a sus designios. Además, ya estaba saturado de mirar por la pantalla la repetición de esa historia conocida.


De pronto, el Dios igual a Él, descubrió debajo de la nada las tablas de Moisés, dónde estaban tallados a fuego los diez mandamientos. Y por tratarse de un Dios, hizo valer su cuestionamiento por lo que allí se hallaba escrito, invirtiendo a voluntad el sentido de cada mandato.






El nuevo universo ha sido creado.


Y así fue. Vio, el nuevo y único Dios, que todo cuanto había hecho era muy bueno. Y atardeció y amaneció el día Sexto.


Al séptimo, acomodó su Ser, para descansar y contemplar - en el atemporal living de la infinitud - aquella pantalla polidimensional, que lo divertiría hasta su próximo capricho.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583