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Cuentos - 15 de Diciembre de 2003

Juegos de plaza

Juegos-de-plaza
Estaba la paloma blanca sentada en el verde limón, con el pico cortaba la rama, con la rama cortaba la flor...Ay!...Ay!...Ay! dónde estará mi amor...

Hoy he vuelto a sentarme en este mismo banco de la plaza, tan desteñido por el pasaje de los años, como el color de mis cabellos. Y como siempre, conversamos. Yo le cuento los últimos acontecimientos ocurridos en mi vida y él me habla de su inactivo aburrimiento. Me pregunta sobre aquellos niños amigos que compartieron nuestras alegrías y sólo le respondo con frases que determinan ausencias.

Entonces comienza a nublarse mi vista empapada de añoranzas, depositando en la gastada esencia de su aún noble madera, palabras que motivan la apertura de nuestras sonrisas resurgiendo por la comisura de nuestras grietas.

Al don...al don...al don pirulero...El silencio se rompe por medio de ese coro de voces fantasmales, mientras cachurra monta la burra.

En un puente de Avignon todos bailan...todos bailan, acompañando el vaivén rechinante de su cuerpo abativo, apenas sostenido por los gastados y oxidados tornillos.

El me dice: veo, veo...

Y yo le pregunto: qué ves...y es cuando la soledad del entorno me autoriza a callar para no defenestrar sus antiguas ilusiones, como aquel que no le dice a su ser querido de la enfermedad terminal que padece.

Por un momento tengo la impresión que la voz del mundo se hubiera detenido, presagiando el fin de la infante alegría contaminada de juegos perimidos. Sin embargo, callo para no ser cómplice del mutuo entendimiento que nos sumerge al destierro del sentido de ese nuevo encuentro.

El sabe que cada uno de sus listones viejos de madera han perdido su razón onírica en los gajes de los tiempos. Ambos conocemos la virtud de la mentira en esos casos, para evitar el dolor del desarraigo que conlleva la evidencia.

Dos y dos son cuatro...cuatro y dos son seis...seis y dos son ocho y ocho dieci...

Mirá a los pibes!...allá...enfrente, en el kiosko tomando cerveza o a aquellos otros en su asiento individual jugando con las máquinas electrónicas...

Se olvidaron de nosotros. Somos nada más que una sombra en sus vidas. Un resabio espectral y patético, perdidos en medio de esta hojarasca de otoño, más otoño que nunca.

A la lata, al latero...a la hija del chocolatero...

Adiós, amigo mío. Muy pronto nos volveremos a ver.

Y mientras empiezo a desandar el camino del recuerdo, enciendo un nuevo cigarrillo, exhalando un silbido de nostalgias gardelianas.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583