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Ensayos y política - 07 de Noviembre de 2006

Soy argentino

Soy-argentino
Recuerdo, cuando apenas era un niño, el orgullo que sentía al decir: “Soy argentino”. Quería conocer la vida de los próceres y todos los pormenores de la lucha por la independencia. Y cuando comencé a leer la historia de mi país me pareció por momentos subyugante y, en otros, dolorosa. Entonces me dije: “Para crecer, en parte, hay que sufrir”. Luego lloré por San Martín.

Recuerdo, también, el honor que representaba llevar la escarapela, durante las festividades patrias y el izar la bandera de la Patria mía todas las mañanas en ese colegio de campaña. Pensaba que mi terreno era eviterno, tangible y signado.

Mas hoy, que transito las calles durante algún feriado nacional, contemplo que no hay solapas con escarapelas, y las pocas banderas están colocadas en edificios gubernamentales o unidades básicas partidarias.

Mientras recorro la ciudad, casi despoblada, recuerdo las fiestas barriales que mostraban competencias tradicionales como el juego de la sortija o las carreras cuadreras, en donde se demostraba la destreza de los criollos.

Entonces comienza a aparecer un tenue dolor en mi pecho, cuando compruebo que los niños y los adolescentes han recibido el ejemplo de sus mayores, volviéndose indiferentes a la epopeya y a la gesta libertadora de nuestra historia. Y como siempre el ejemplo viene de arriba hacia abajo, tal vez tengan una visión confusa de lo que significa el patriotismo, dado que tantos movimientos políticos, tentativas revolucionarias y golpes militares se han atribuido el calificativo de salvadores de la patria, manchando el sublime estandarte de nuestra identidad como país.

A mi edad el error es irreversible. Y a veces me resisto a velar los restos de ésta, mi Patria, que parece estar dejando de existir por la conciencia y la voluntad de quienes la gobiernan.

Hoy, que ya no existe el almacén de mi barrio, me encuentro pensando en un megamercado en todo lo que perdí y me quitaron, mientras cuento los pocos billetes que me acompañan.

Perdí aquellos aviones que miraba surcar el cielo y en los que nunca pude concretar la ilusión de viajar.

El petróleo, que a través de sus derivados pude gozar de la luz de mi lámpara de campo y en poder limpiar el mismo pantalón dominguero.

Y aunque disfruté del orgullo de mis amigos pueblerinos por gozar de un vehículo, nunca pude tener un auto para sentirme un “Fangio”.

Mis caminos, que tanto desanduve a caballo y alpargatas, hoy no puedo transitarlos sin pagar un precio por peaje.

El agua, la luz y el gas que, aunque no funcionaran a la perfección, sabía que me pertenecían.

El teléfono, que ha dejado de ser parte de mi patrimonio proporcional y que debo tener para no quedar aislado con mis miedos.

El obsoleto resguardo de mi hospital en terapia que me conmina a tener una cobertura médica, y que ya por mi edad debo pagar mayores aranceles para no caer en la total indefensión.

Mi jubilación digna, que debió ser el fruto de mis años de esfuerzos aportados al país, que jamás consideró mi trabajo, pero que sirvió para que otros se enriquezcan.

La ventanilla de mis trenes, donde alguna vez escribí, sobre sus vidrios empañados las iniciales de ella y mías, mientras mis ojos devoraban siempre los mismos paisajes.

Y hoy estoy aquí, junto a ustedes, contribuyendo una vez más a pagar mayores impuestos que, como acción política, nos perjudica a todos, como si fuéramos los culpables de todo este desbarajuste que nos ha quitado la escarapela de nuestros pechos y las banderas de los balcones ciudadanos.

¡Que Dios os lo demande!, dado que la justicia hace ya tiempo ha dejado de existir entre nosotros.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583