Adolfo M. Vaccaro Sitio oficial

contacto | biografia | site info

Buscar

Ingrese el titulo o parte del contenido a encontrar


VALIDAMOS!

Valid XHTML 1.0 Transitional Valid CSS!

REDES SOCIALES

Perfil en Facebook Canal en YouTube

 
Compartí este texto: Facebook Meneame Googledelicio.us Sonico MySpace Digg Technorati TwitThis LinkedIn Mixx

Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

La manzana

La-manzana
La rubia manzana conoce su inmanencia adánica, de ofidio y divino castigo. En mano de Eva y dentro del vientre llegó a este mundo para alimentar la fecunda razón de la especie. También fue discordia en el mito helénico, cuando el deslumbrado París la entregara a Afrodita, en aquella acidalia donde la acuífera belleza, engendrara los rencores entre Atenea y Hero.
Durante la vigésima dinastía egipcia y en medio de la frustrada invasión Libia, el valle del Nilo vistió de dorado el mordisco de Ramses III, mientras la cronología marcaba el siglo XII antes del nacimiento Nazareno.
El conquistador hispano en su ambición de plata, plantó citéreas semillas sobre las ánimas de la cruenta matanza, y en petos sangrientos roció de libares su hambre de oro sembrado sobre el retoño del paraíso perdido.
Luego, el gennakenk de sangre tehuelche, reposó su cuerpo debajo de los umbrosos ramajes, dando placer al cultivo redondo de su apetito.

Hoy, la manzana rubia mece su cresta entre las hojas del árbol. El viento acaricia su piel y un follaje de gringo esplendor se adhiere al verde billete que todo lo compra.
La rubia manzana abreva su carne de políglota verbo. Impregnando a la natural induvia de contemplación que avizora lo que antes fuera suelo argentino. Y la savia llora el despojo del esperado destierro, observando el sugerido pabellón rematado en la comarca. El telúrico manantial engendra raíces de abandono indígena, mientras el canto a Pachamama se diluye presuroso en un caudal de olvido ignorado.
La manzana rubia espera la cosecha de otras manos, anticipando el devorado de extranjeras bocas con olor a güisqui de cepas sajonas. Y la infurción devuelve su clamor de ausencia, anticipando discursos que en disturbio motivo inventan la incuria adrede. El árbol devuelve su silente campanada alertando un nuevo tiempo de cosecha. El sol mimetizado con el sur de California se hace eco en el lejano lago que oficia de inveterado nuestro desertado, hoy depuesto por el devenir foráneo.
La rubia manzana ha partido hacia el éxodo impuesto por su amo.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583