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Breves historias de vida - 23 de Octubre de 2005

La lecherita

La-lecherita
Hay momentos en la vida que nos convierten en senda. Recuerdo la pelota de trapo corriendo por delate de nuestros pasos, y aquella bolita que me atraparon los ojos, y en un descuido cualquiera, Roberto buscó angustiado su puntera, esa que era patrona en la troya de mi barrio pobre. Transcurrida la semana, vino a casa a pedirme el Domingo Alegre que había comprado con mis pocas chirolas, en el parque Rivadavia. Y mientras se lo mostraba, sobre la mesa de la cocina se encontraba reluciente la lecherita robada. Esquivando la mirada de aquel grupo de canicas, clavó sus pupilas en mi rostro como si nada pasara. El rubor de las mejillas palideció mi alma, juramentando en silencio que la chiquillada jamás volvería a suceder.

Cuando se iba, me abrazó como siempre. No sé si se dio cuenta que mientras lo hacía, devolví a su bolsillo la famosa lecherita.

El ejemplo familiar y la circunstancia narrada, marcaron a fuego la conducta de mis actos. Hasta el destino y los bastones largos, quitaron de mi camino el título de licenciado en administración de empresas. Tal vez, para enseñarme una existencia solventada con lo necesario, a modo de baldío, juntando las maderas para la fogata de San Pedro y San Pablo.

También recuerdo la tarde, que mi viejo del bolsillo sacaba sus pocos pesos para que fuera a la cancha. De orgullo racinguista el corazón se estremecía, pero para dos entradas no alcanzaba. Entonces, cuando partía hacia el estadio de Avellaneda, elevé los ojos como al descuido, pudiendo observar a esa hermosa nube blanca, que a manera de lecherita me convenció del regreso. Mi padre sorprendido, preguntó - ¿Qué pasó?, contestándole sonriente - ¿Quién lo relata, Muñoz?

Gracias por prestarme tu tema, Leonardo Favio.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583