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Cuentos - 01 de Febrero de 2004

El piso 13

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Regresaba a su domicilio, como todos los días hábiles después de trasponer los umbrales de su lugar de trabajo. Tomó el ascensor que lo conducía hasta el piso trece, dónde estaba su departamento identificado con la letra C. Desabrochó el llavero de su cinturón y colocando la trabex en la cerradura, realizó el acostumbrado giro que le permitiera abrir aquella puerta. No pudo. Intentó aplicarle una mayor fuerza a su impulso, pero aun así, no alcanzó a conseguir su objetivo. Se agachó para observar por el pequeño rectángulo del ojo, pensando que se había equivocado de piso. Se sintió contrariado cuando vio el interior reconociendo su ambiente, aunque la disposición del mobiliario ocupaba el lugar en sentido invertido. Pestañeo repetidas veces, pero la imagen permanecía invariable.


Miró la pared del pasillo y que enfrentaba la salida del ascensor, pudiendo constatar que los apliques de bronce determinaban el número trece.


Lo primero que se ocurrió fue bajar a la planta baja para hablar con el encargado y pedirle la ayuda correspondiente, dado que se trataba de una persona conocedora de múltiples oficios. No pudo encontrarlo. Entonces le dejó su recado al ayudante.


Volvió a subir y cuando colocó la llave en la cerradura, ésta giró con la acostumbrada facilidad accediendo a la apertura de su aposento.


Se sorprendió cuando contempló que los objetos y los muebles del ambiente tenían una luminosidad inusitada.


Giró la perilla de la luz y todo se oscureció. Solamente podían verse los contornos destellantes de las cosas. Este esbozo lumínico permitía que el cuarto no permaneciera en penumbras, aunque el entorno parecía haberse transformado en un mundo virtual y paralelo. Hasta su figura reflejada en el espejo, le suministraba una imagen sin la acostumbrada inversión refractaria.


El silencio y un halo de pureza indescriptible, invadió aquel ambiente. A su cuerpo lo sentía consustanciado como una energía desprendida, amorfa e infinita, imbricada con cada objeto del lugar. Comenzó a ingresar en un espiral que se centraba en el plexo solar de su plenitud insustancial y mientras todo giraba dentro suyo, se aferró a las paredes despidiendo destellos jamás vistos.


Cuando la intensa luminosidad trocó el claro-oscuro multicolor en luces de focos encendidos, fue el momento que irrumpió el encargado del edificio para preguntarle: - ¿Estaba usted buscándome? -


Aquellas palabras, como por arte de magia, lo sustrajeron de la irracional circunstancia, mostrándole el living en la acostumbrada forma con la que él solía dejarlo antes de ir a su trabajo.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583