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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

El detector de mentiras

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Durante la festividad del día patrio, y ante la ausencia del primer mandatario - quien debió viajar una semana antes al país del norte – se hizo cargo del discurso el vicepresidente de la nación. Todos los medios apostados en el recinto, estaban prestos a difundir las palabras del funcionario, dirigidas a todo el pueblo conmovido por la magnitud que representaba tal aniversario. El iluminador encendió el equipo y, comenzando la cuenta regresiva, el director de cámara se dispuso enviar al aire lo previamente ensayado.

Extendidos los papeles sobre el escritorio, el disertante comenzó su lectura, siendo interrumpido a los escasos segundos, cuando apareció en escena un hombre de cabellos largos y rojizos, pidiendo que le fuera concedido un breve espacio de tiempo para enviar un mensaje. Un clima de tensión se vivió en el despacho, pues nadie comprendía cómo había esquivado la custodia y llegar sin impedimento al lado del vicepresidente. Aunque todo estaba fuera de contexto, nadie se atrevió a apagar las cámaras, dado que esta insólita circunstancia iba a generar mayor audiencia.

El funcionario, sin inmutarse, le cedió la palabra. Los micrófonos fueron levemente movidos de sus sitios, para captar lo que el desconocido quería manifestar. Y esto fue lo que dijo: - “Soy el emisario del Hacedor, quien se siente deshonrado por la palabra empeñada en cada juramento hecho en su nombre, y que en consecuencia produce tantas calamidades al resto de su gente. Por tal motivo, propone de ahora en adelante, que todo aquel que desee ocupar un cargo en la función pública, en vez de ser demandado después de la muerte, pase durante la jura la prueba del detector de mentiras, colocando su mano más hábil debajo de esta guillotina” -. Y señalando con su diestra una pequeña cizalla, las cámaras y los flashes tomaron la imagen de aquel artefacto.

Luego, continuó diciendo: - “Un veedor del pueblo será quien controle este mandamiento” -. Una vez dicho esto, se alejó presurosamente, sin que nadie pudiera entrevistarlo.

El personal, que esperaba ansioso de aprehender al desconocido, no lo vio pasar por la puerta. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Entonces, dieron orden a Seguridad para que lo arrestaran. Todo fue infructuoso. Nadie lo volvió a ver.

Terminado el mensaje que fuera interrumpido, las agencias de noticias eligieron difundir el exordio del hombre de cabellos largos y rojizos, considerando que aquello resultaba más impactante que las frases del vicepresidente. Preguntándose también, por la misteriosa desaparición del intruso, sin que ningún miembro de Seguridad o custodia lo hubiera detenido.

El tema, que logró gran trascendencia en la comunidad y en los distintos estamentos del gobierno, fue tratado en el parlamento. Uno de los integrantes elaboró un proyecto, para poner en práctica lo que aquel hombre había expuesto, buscando una artimaña que convenciera a la ciudadanía, que siempre estaba reclamando por justicia. El ardid consistía en colocar cables manipulados en el detector de mentiras, para controlar el desplazamiento de la aguja sobre el diagrama y así poder inutilizar el funcionamiento de la guillotina. El proyecto fue aprobado en secreto por todos los parlamentarios.

Cuando se produjo el cambio de autoridades, luego del escrutinio de la última elección, el presidente, que sólo aceptó el bastón y la banda, tomó juramento al nuevo gabinete. Habiéndose elegido, entre la comunidad, a un representante de probidad reconocida, fue éste quien se encargó de colocar los cables al detector de mentiras y comprobar el debido accionar de la guillotina. Una vez que la revisión se completara, pasaron uno a uno los ministros y secretarios de cada cartera de Estado. El pueblo expectante observaba por televisión la ceremonia, no perdiéndose ningún detalle de lo que ocurría.

Todos los que juraron por los santos evangelios, fueron amputados. Todavía nadie, que transita el salón de las manos perdidas, entiende el por qué.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583