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Cuentos - 15 de Noviembre de 2004

El cancerbero de la muerte

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Él había conocido ese amor, que se vive como por única vez, detrás de esa mirada dulce, sensual e inquisidora. Ambos construyeron casi sus máximas aspiraciones, entregando los mejores años de su existencia. Se dijeron que ninguno podría vivir sin el otro, prometiéndose continuar juntos en la eternidad.


Un día, más irrepetible que ninguno, ella se cansó y se fue.


Él nunca más supo de ella.


Durante años la pensó y la soñó, vívida y latente, recordando aquel juramento que los reencontraría en el más allá. Y como sabía que la vida no significa demasiado tiempo, buscó, mientras tanto, la forma de entretenerse.


Pasaron algunas temporadas y conoció a otra mujer que tenía por cualidades la tolerancia, la comprensión y la ternura, suficientes aptitudes que lo ayudaron a sobrellevar su doliente existencia.


Luego de varios años, una noche, mientras meditaba sobre aquella promesa compartida con su primer y único amor, el paroxismo alojado en su pecho se convirtió en la antesala de la muerte.


Su espíritu se desprendió aceleradamente de ese cuerpo, emprendiendo el camino de la luz, al tiempo que una sensación de plenitud vivificaba la inquietud del encuentro acordado con el ser amado.


Un guía celestial le dio la bienvenida y no bien se saludaron, preguntó por el nombre de aquella mujer con la que había pactado compartir la eternidad.


El guía, consultando las necrológicas inventariadas, le contestó que aún no había arribado. Y como la infinitud no posee tiempo, pidió permiso para sentarse a esperar en la recepción la llegada de aquel ser que tanto añoraba. Cuando vio aparecer a la mujer ansiada, su alma se exaltó al punto de desvanecerse. Una vez que hubo pasado el control respectivo, la abordó sonriente diciéndole: -Te estaba esperando.


Ella lo observó azorada y cuando se repuso de su sorpresa, le respondió: -Ya te he dicho que he dejado de amarte.


Él, desconcertado, le retrucó: -Pero nos juramos vivir juntos eternamente. Contestándole ella: -Esas fueron palabras que se expresaron en un momento de vida, y hoy estamos muertos.


Atónito, la vio alejarse lentamente hasta perderse en los abismos.


Desesperado por las circunstancias, sólo se le ocurrió esperar a la segunda mujer que tuvo en su existencia mundana y que tan complaciente y tierna había sido con él.


Cuando la vio llegar, se acercó para expresarle: -Te estuve esperando pacientemente. Y ella, algo anonadada, le respondió: -Nunca me ofreciste la eternidad para compartir juntos. Y aunque me quedé muy acongojada cuando partiste, luego conocí a otro hombre que me prometió el Cielo.


Entonces fue que Dios le ofreció como trabajo, el control de los muertos.



"Cuando lo que amamos nos olvida, siempre lo recordamos".
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583