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Breves historias de vida - 03 de Septiembre de 2004

El monito

El-monito
Con su vista envuelta en vitraux, el monito juega rayuela sobre el teclado, buscando en disparidad de voz, el noble y armonioso rumbo improvisado de blancas y negras.

Eduardo Moreno le dio un perfil idiomático a ese hermético secreto, dónde Recuerdo apellida idénticamente el misterioso tríptico creador.

Cuando Juan Carlos Cobián se entregó al cachet europeo, de los viejos tablones millonarios partieron residuos, atestando aquel proscenio. Era el comienzo de una historia con epílogo invertido. Y fue en el Club Paraná de Avellaneda, cuando Rodríguez lo piantó del paso de zorra volviéndolo gotán.

La chancha, Paquita, Pollet, el gran Roberto y Elvino, con el que trepó las tablas de aquel café Nacional, le suministraron ejemplo y estilo a su callada observación de potencial maestro.

Más tarde Gobbi, el gordo triste y Miguel Caló, formaron parte del nacimiento de su proyección melódica, trepada a la reminiscencia indígena quiteña o, tal vez, a ese mulato de orientales endechas.

Y mientras cantaban poetas, el monito nutrió su humilde vida de grises, de principios enaltecedores, de camaradería. La censura política vistió de rojos claveles su piano. El precursor del contrapunto y la síncopa, alcanzó la fama sin fortuna. La cortina de hierro ya quedaba atrás, al final de su camino. Sus saltos virtuales recorrieron ese universo del arte que no tiene ideologías ni fronteras, permitiéndole acariciar aquellos teclados abiertos a su estampa cansina y liberada. Y su vitraux transcurrió fulgente, mientras sus escasas palabras de agradecimiento, nacidas junto a la siempre aferrada mano de su compañera, se fueron diluyendo con la brisa que llevó a su alma, al lugar donde yace la perenne leyenda de los elegidos.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583