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Cuentos - 16 de Mayo de 2003

Sabio universal

Sabio-universal
El sabio universal había muerto.

Las comunidades de todos los países se sentían compungidas y desvalidas. El mundo de las ideas se había paralizado, a tal punto que los grandes emprendimientos científicos, las bolsas de valores, las administraciones de los diferentes gobiernos sin importar sus ideologías y los conflictos de intereses se habían detenido.

Los medios no tenían de qué hablar. Las telecomunicaciones y la informática dejaron prácticamente de accionar.

El límpido cielo fue abandonado del vuelo de los pájaros. Y el aire se percibía desprovisto de smog y de la fragancia de las flores. Los animales enmudecieron y ni siquiera las bocinas de los vehículos se oía en los espacios abiertos de las grandes ciudades.


Los pabellones a media asta permanecían inmóviles y ni la brisa dejaba atisbar la posibilidad de pensar que el mundo se mecía.

Antes de fallecer, el sabio universal donó sus órganos a una entidad de bien público para prolongar en otros el sentido de la vida.

A alguien se le ocurrió la posibilidad de separar el cerebro del sabio, con el fin de concretar, en un futuro inmediato, su transplante en algún ser que padeciera de una enfermedad terminal, producto de un irreversible mal cerebrovascular.

Si bien se había experimentado esta técnica en animales, el equipo de científicos no podía asegurar su éxito en seres humanos. Y a pesar de lo acuciante de la situación, buscaron acelerar las investigaciones para poner en práctica este insólito proyecto.



Todos sabían que no podían arriesgarse debido a que se podía provocar un daño irreparable en aquella preciada masa encefálica.

Mientras tanto, el planeta comenzaba a caer en un caos en donde el descontrol insinuaba graves estragos. El desgobierno, las quiebras financieras, la desaparición de oligopolios y empresas multinacionales, la anarquía y la violencia social, se habían instaurado poco a poco, haciendo casi imposible pensar en un mañana pleno de esperanza.

Ante tales circunstancias, los científicos pidieron a la población un voluntario para la realización de un difícil experimento, pues era evidente que no se podía trasplantar el cerebro del sabio del universo en otro cuerpo.

Luego de haberlo meditado lo suficiente, me presenté a la mañana siguiente a las autoridades para ponerme a su disposición. El grupo de científicos me explicó que el ensayo consistía en que yo mediaría como traductor de las ondas electromagnéticas de aquella mente, debiéndose colocar ciertos electrodos capaces de transfundir los pensamientos de aquel cerebro, que nos daría los datos específicos para resolver el conflicto que la humanidad padecía.


Previo reconocimiento del funcionamiento del equipo, me colocaron todo ese cablerío conectado a modernas máquinas que nunca había visto antes.

La primera imagen fue la del rostro del sabio reflejado en la campana que iluminaba con su luz la camilla que sostenía mi cuerpo. Luego, una sensación de levitación me proyectó por encima de las nubes hasta que la luminosidad comenzó a desvanecerse. Estaba detenido en medio del cosmos contemplando la quietud que se transmitía en mi ser interior como una forma de paz jamás experimentada. Una sucesión de voces que hablaban idiomas incomprensibles eran incorporadas de manera telepática, mientras trataba de conciliar una frecuencia de entendimiento que se tradujera en símbolo o bien en una emisión de lenguaje conocido.

Un ignoto sentimiento, que se fusionaba con la eternidad, atomizó cada una de mis formas tangibles, prodigándome en el espacio como pequeños satélites luminosos que giraban en una espiral hasta perderse en el seno del infinito, sin lograr a entenderlo.


Una vez que alcancé mi total disolución, comencé a consustanciarme con un rostro conocido y complaciente que se albergaba en la más próxima galaxia. Y aunque la visualización trataba de alejarse, confundiéndose con una lluvia de meteoritos, aquel sonriente gesto de inmensidad no lograba distraer el pertinaz objetivo. Más tarde, adentrándome en el destello de sus ojos, pude recorrer aceleradamente el pasado, el presente y el futuro de nuestra tierra como si la inmortalidad de un instante se fusionara en el argumento molecular de todo ese universo inalcanzable.

Cuando un dolor insoportable invadió todo mi ser, fui desconectado del cerebro del sabio.

Me costó reponerme. La excesiva sudación había provocado una fuerte descompensación y debilitamiento.



Después que logré recuperarme, científicos de todo el orbe se reunieron para tratar de interpretar los testimonios visuales y auditivos que fueran registrados en el sofisticado equipo traductor. Nadie pudo hallar alguna respuesta comprensible que permitiera obtener una mera teoría que conllevara a una solución para resolver el problema que tanto afectaba a los hombres.

De repente, un estallido inesperado destruyó la cápsula en donde estaba alojado el cerebro del dueño de la total sabiduría, quedando diseminadas, en el impoluto suelo, las partes de lo que quedaba de aquel genio.

Una sensación de desesperación y frustración se apoderó de cada uno de nosotros. El silencio podía percibirse hasta la magnitud de lo audible.

Al día siguiente, el mundo comenzó a serenarse hasta tal punto que solamente pequeños focos bélicos se resistían a desaparecer.


Los medios, las telecomunicaciones y la informática llenaron nuevamente de noticias contradictorias nuestros ojos y oídos. Los oligopolios empezaron a gestar nuevas influencias. Las bolsas de valores reiniciaron las negociaciones de nuevos papeles especulativos. La marginalidad, la droga, el comercio de armamentos, la miseria y el hambre encontraron nuevos y repetidos mercados. La polución y la destrucción ecológicas siguieron afectando al aire, al clima y a las especies. El mundo había vuelto a su normalidad y a su determinismo.

A pesar de todo, no logro quitar de mi mente aquel rostro conocido y complaciente que risueñamente buscaba esconderse detrás de aquella próxima galaxia.



"La vida por la vida es heroísmo; la vida por la muerte es valentía; la muerte por la vida es cobardía, mas la muerte por la muerte es muerte en vida"
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583