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Breves historias de vida - 13 de Noviembre de 2005

Roberto

Roberto
La mayoría formamos parte de la memoria breve. Ésa, que fenece con el último eslabón de la tercera o cuarta generación y que no goza de la trascendencia necesaria para atravesar el abismo de los tiempos.

Roberto pertenece a esa franja masiva de vivientes comunes, que terminó recalando en una tumba sin más detalle que su nombre.

Compartimos la niñez y parte de la juventud, hasta que la utopía del proletariado lo fue alejando hacia confines impracticablemente justos. Sin embargo, los domingos nos encontraba palpitando en la arena donde se practica el deporte de los reyes. Son las grandes contradicciones que la vida genera entre la subjetivación de la verdad y el ejercicio de las viciadas licencias.

Nuestra infancia estuvo teñida de escasez y gran imaginación. Argumentar películas y actuarlas; aplastar chapitas de gaseosas para suplantar las redondas figuritas; hacer una colecta y comprar un librito de Servicio Secreto o Mr. Ryder e ir leyéndolo alternadamente dando la vuelta manzana; pedirle a Don Pedro las bolitas de acero extraídas de los rodamientos para jugar a la troya u hoyo y quema; agitar la caja que guardaba los cartoncitos con el nombre de cada equipo y que, en medio de nuestra narración y comentario del clásico establecido por fixture, extraíamos a cada minuto uno de ellos para proclamar la conquista del favorecido, en esa imaginaria quermese futbolera. Luego, configurábamos la tabla de posiciones y organizábamos el acontecimiento que se iba a desarrollar al día siguiente.

Durante los primeros años de la adolescencia sufrimos el mismo desengaño. Sin que hubiera espíritu competitivo entre nosotros, a diferencia de meses lloramos en aquella esquina a la misma muchacha, alternando el consuelo. Sucede que ignorábamos a la destinataria de nuestros enamoramientos, dado que no estábamos acostumbrados a dialogar sobre sentimientos inciertos o posiblemente no correspondidos. Era el resabio de una cultura machista que aún se hacía cargo de nuestros primeros pasos en la vida.

Más tarde, su vocación por el cine lo llevó a seguir la carrera de director, sin éxito. Su medio ambiente le otorgó un despliegue complejo, resaltando entre intelectuales frustrados su teoría existencialista tendiente a romper con el orden establecido. En definitiva, Roberto se quedó con el reparto de golosinas de su viejo fallecido y gastando más de la cuenta en negados finales de bandera verde.

Supe, en un breve contacto turfístico, que había tenido una nena.

Cuando le pedía su teléfono siempre recibía la misma respuesta: después te lo doy.

Mi amigo no recibió a tiempo la donación de un corazón.

Yo sólo tenía uno.

La clínica Favaloro fue su último reducto transitado oponiéndose al sistema.

Quisiera que Roberto tuviera una porción más de recuerdo, a modo de homenaje, para luego continuar muriendo definitivamente, igual que la mayoría de nosotros
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583