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Cuentos - 26 de Abril de 2009

Maldición suicida

Maldición-suicida
Desde tiempos inmemoriales nuestro arbusto genealógico a padecido la más atroz de las maldiciones conocidas: “el suicidio”. El fundamento primordial que ha permitido que esta desgracia ocurriera recurrentemente se basó en “el joder al otro”.
Mi familia es de origen sueco. El nivel de vida que teníamos, antes de emigrar a Argentina, era mucho más que óptimo. Pero la decisión tomada estuvo basada en el cansancio por la buena vida.
Una vez establecidos en un conventillo de la Boca, al poco tiempo mi padre, se provocó la asfixia con ciento cincuenta chiclets, que luego de ser trabajosamente masticados se le atoraron en su garganta.
Era para joder a mi madre, quien al poco tiempo de atravesar el hecho graciosamente luctuoso, se cortó las venas con una pila extraída de la radio portátil del hijo dilecto, mientras estaba escuchando un radioteatro de Nené Cascallar.
Era para joder a mi hermano mayor, quien estando a punto de casarse se ahorcó en la plaza Falucho en presencia de Susana, su futura esposa.
Era para joder a su prometida, quien una vez que fuera consolada por mi, y habiéndonos puesto de novios, un día se quitó la vida con barbitúricos, luego de expresarme que no había podido olvidar el amor de mi hermano.
Era para joderme a mi.
Desde ese entonces me prometí suicidarme y así terminar con la maldición ancestral padecida.
Como tenía hipertensión dejé de tomar los medicamentos recetados por el galeno, esperando un ataque al corazón.
No ocurrió. Me agarré una hemiplejía padre - que en paz descanse - la que me tuvo impedido de caminar por seis meses.
Una vez realizada la rehabilitación - dado que mi suicidio no merecía el calificativo de frustrado - solamente podía mover, relativamente bien, el brazo y la pierna diestros. Al llegar a la esquina del nosocomio, en la primera plana del diario que reposaba en la mesita del quiosco, estaba la fotografía de mi hermana. El título principal mencionaba que había sido víctima de un autosecuestro. Luego, agachándome con dificultad para leer las letras más pequeñas, pude enterarme de los pormenores. Según parece, le había hecho un pedido de rescate a mi cuñado, quien fue asaltado y liquidado de un Itakaso por desconocidos en la esquina convenida para la entrega del dinero. La versión periodística detallaba el suicidio de mi hermana, quien no se dejó atrapar descerrajándose 6 balazos en la cabeza, pues deseaba ser noticia como María M y también, porque no, para joder a mis sobrinos. Los casquillos y el revólver fueron encontrados, luego de varias horas de rastrillaje, en la alcantarilla más próxima dónde se hallaba su cuerpo exánime.
Conmovido y como pude, fui caminando a la estación de tren más próxima, arrojándome a las vías, con tan mala suerte que la locomotora solamente me seccionó el miembro inferior sano.
Habiendo superado el trance, a los tres meses me dieron de alta en el hospital Pirovano. Apenas salí ingresé a una pescadería pensando en atravesar mi garganta con una espina de pescado, pero el filet estaba a 10 pesos y no podía pagarlo.
Quise entrar a un edificio torre de la calle Sucre y el custodio me sacó a patadas en................ la muleta.
Partí a la provincia y le propuse a un policía retirado, que oficiaba de cabecilla de una banda de asaltantes, que me amasijara. Se me cagó de risa y, mientras se sacaba el porro de su boca, me dijo que no lo jodiera con esas boludeces y me las tomara porque era proverbial la mala suerte que traía un cojo. Me retiré pensando cuánto hacía que no me sucedía lo último por él mencionado.
Me fui a la unidad básica más próxima, para pedir que me enviaran a uno de esos lugares que nadie le da pelota y así morirme de hambre en paz, pero me ofrecieron un subsidio de jefe de hogar. Yo les respondí que no tenía nadie a cargo, obteniendo como contestación (mientras me acercaban un libro) : - no importa, afiliate al partido -.
Más tarde, cuando pensé que ya no tenía ninguna salida, y estaba apunto de tirarme a las ruedas del colectivo diecisiete, un boy scout me tomó del hombro, ayudándome a cruzar la avenida. En ese momento, se me acercó un anciano indigente con cara de sabio. Fue entonces que me dijo: “haz como yo, que estoy esperando el discurso de los próximos candidatos testimoniales. Seguramente, amigo mío, en ese instante sí nos moriremos de un ataque de risa”.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583