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Cuentos - 21 de Junio de 2005

Secuestro

Secuestro
El impacto despertó la noche y en latencia de muerte se convirtió la calle. Buenos Aires ofrecía una vez más su gama de olvido amurallado, donde el siempre desconfía de alguien, cuando la ausencia se ufana del otro. El emplazamiento de las catacumbas se organizó sin esfuerzos. La modalidad, el sistema y la indiferencia fueron consumiendo aceleradamente los barrios, las reuniones de café, la sonrisa espontánea, el saludo a flor de piel y ese mundano transitar de la palabra. Todo había sido transformado por agentes de espionaje moderno, siendo la televisión, el celular y la computadora sus mejores exponentes.

Rubén Camejo fue abandonado en la calzada con un tiro en la cabeza, dado que la suma correspondiente al pedido de rescate nunca llegó a manos de quienes lo raptaron. Las noticias de las veinte detalló el suceso y la indignación quedó detrás de los despachos y dentro de las jaulas hogareñas. En definitiva, era un acontecimiento más en que la suerte había elegido a su víctima fuera de aquellos aposentos. La audiencia masiva seguía amedrentada por el incremento de la inseguridad, que milagrosamente no había golpeado a sus puertas.

Después de complejas intervenciones quirúrgicas, Rubén se repuso a la vida. Como producto del daño cerebral que afectó la zona de la memoria, su mente comenzó a crear recuerdos, sin que estos tuvieran que ver con la experiencia incorporada a través de hechos acaecidos en el reciente o remoto pasado. Cada instante era un comienzo y el tiempo ni siquiera podía expresarse en los cambios morfológicos de Rubén.

Todos los días al levantarse, le preguntaba a su mujer y a sus dos hijos quienes eran y mirándose al espejo también se interrogaba a sí mismo. Observaba con asombro cada alimento dispuesto en la mesa y caminaba su casa con la duda y la sorpresa que se siente en la primera vez.

Hablaba con aquellos seres desconocidos que lo contenían, exponiendo la creación de sus recuerdos. Decía que las sombras púrpuras sostenían su cuerpo y que un ave blanca lo acompañaba a volar por el espacio. Que había conocido la mansión de los vientos, mientras el átomo presentaba a un óvulo infecundo. Manifestaba que debajo de la corola rosácea fluía el mar del averno, y evocaba a ese satélite acongojado que emanaba su soledad infinita.

Más tarde se detenía a mirar curiosamente el atardecer, gritando la risa.

Luego de pasarse un buen rato oponiéndose a ingresar en aquella cama, se dispuso presuroso a buscar el sueño generador de nuevos recuerdos, justo en el momento en que su familia escuchaba las noticias de las veinte, comentando los pormenores del nuevo secuestro.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583