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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

El agujero carnal

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En el mundo occidental, la conflagración de los sexos libra su batalla en el campo de una nueva torre de Babel. Pocos incólumes se avizoran bregando por arcaicos principios delatores de romance, seducción, enamoramiento y entrega amorosa. La oquedad mandante se nutre de privilegios mensurados, no interesando la elección desvirtuada de su género natal. El instante conseguido se nutre de inmediata insatisfacción, y la rueda de inválidas experiencias no logra alcanzar el fin y cometido del auténtico placer. El negocio ilusorio que impone la soledad y el fatuo egocentrismo, en una sociedad de valores primordiales perimidos, ha generado la caducidad de sensaciones enaltecedoras a cambio de censores mecánicos devenidos del gran albañal globalizador. El cuerpo establece un área de combate autista desprovisto de criterio y percepciones, solamente válido para el disfrute del estereotipo marginal en caprichos banales. Los carnales agujeros testimonian tarifas de implícitas o explícitas razones complacientes, sin mediar un mínimo de sentido común que esgrima la factibilidad de un deseo compartido en gratuidad.
La canallesca visión de libre comercio sexual se ha tornado en una pandemia que roza células familiares y resistentes decencias. Un cruel tributo que delega el consumismo a ultranza, fagocitando lealtades, principios culturales y dignificadas promesas.
Los agujeros carnales saben de su poder, aunque detrás de ellos se encuentren los mismos explotadores pertenecientes a un sistema que ha cosificado el ideal de su esencia primigenia, es decir, la continuación de la especie, la virtud correspondida y el plasma de la trascendencia.
Mientras en Europa y países de primer mundo han bajado peligrosamente la tasa de natalidad, sus vidrieras exponen como maniquíes a jóvenes mujeres para el ejercicio de la prostitución. Hay barrios enteros dedicados a la legal mancebía. Sucede lo mismo en el convite que ofrecen las revistas, Internet y medios audiovisuales, donde la profusa demanda es sostenida por millones de personas. Buenos Aires ofrece esquinas, privados, agencia de escorts y sus parques en Palermo para el desahogo prostibulario de vacíos adherentes. Padres de familia, jóvenes, niños y ancianos ocupan una franja de asiduos consumidores, desprovistos de fundamentos enaltecedores.
La prioridad de los agujeros carnales impone elegidas o necesarias ofertas. Teñidos de vulgares capacidades y despojados de aquellos excelsos valores que, hoy por hoy, gozan de total obsolescencia.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583