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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

Tina

Tina
Tina fue rastreada, durante años, por las madres del pañuelo hasta ser encontrada. Vivía en un hogar acomodado y gozaba de todos las bondades que un adolescente puede aspirar en su faz formativa. Sin embargo, traumáticamente comprobó que era hija de desaparecidos y que su progenitor la había raptado luego de haber dado orden de torturar y asesinar a sus padres verdaderos. La muchacha primero se mostró incrédula y contrariada, mas al comprobar la veracidad de los acontecimientos montó en cólera y abandonó la casa de su crianza.

Las madres del pañuelo, que tanto tiempo dedicaron para localizarla, le informaron que también habían custodiado los bienes que correspondían a su herencia y que pertenecieran a su acomodada y asesinada familia. El monto era realmente una cantidad más que importante.

Cuando Tina empezó una nueva vida y a reorganizarse, se hizo socia de una clínica con el fin de poseer una cobertura de salud. Ésta pertenecía al Dr. Raúl, un señor que le inspiraba confianza, y que parecía un galeno dispuesto a sostener sus más caros principios morales y profesionales. Pero con el tiempo, ella, comenzó a tener dudas respecto al profesional, dado que vio que muchos secuestradores amigos de su padre raptor, gozaban del beneficio de su atención esmerada y que además mediaba en acuerdos que favorecían a espurios intereses.

Un día tuvo que esperar más de dos horas para ser atendida, debido que el Doctor se encontraba dialogando con un tal Saúl en una reunión - según le comentó la secretaria – que tenía carácter de secreta, y sería favorable para los intereses de la Clínica.

Al mes siguiente, cuando Tina se apersonó al centro de salud, observó que el nombre había sido cambiado por el de un tal Doctor Carlos. La nueva recepcionista le hizo firmar unos papeles que incrementarían sus beneficios asistenciales. Cuando la recibió el nuevo médico le sugirió la utilización de un magnífico medicamento que le daría vigor, mejor salud y mayor energía. Ella confió, yéndose encantada luego que a su cuerpo le fuera inyectado el elixir aconsejado. Y comenzó, en pocos días, a sentirse verdaderamente espléndida.

Al mes siguiente debía concurrir al consultorio para una segunda aplicación. Así lo hizo. Luego de una semana empezó a sentirse mal, ignorando que el líquido de aquella jeringa contenía un virus que iría a afectar lenta y progresivamente su salud. Cuando al poco tiempo entrevistó nuevamente al Doctor Carlos, éste le manifestó - conforme a los resultados de los análisis clínicos obtenidos con premura - que padecía de una extraña enfermedad, que para su tratamiento necesitaría la utilización de drogas muy onerosas, no amparadas por la cobertura conforme al plan médico que ella había firmado. Tina se lamentó por no haber leído la letra chica que figura, casi imperceptible, en este tipo de contratos.

No le quedó más alternativa que aceptar, dado que se trataba de su delicado estado de salud.

Con el tiempo pudo contemplar que sus recursos económicos iban siendo tragados, aceleradamente, por el costo de este remedio excesivamente caro.

Un día, al apersonarse en la Clínica, observó que el cartel había sido cambiado y figuraba, en lugar del Doctor Carlos, otro de nombre Fernando. La nueva asistente le dio un turno, y al ser recibida por el flamante especialista, éste le comentó que ella, como tantos otros, habían sido víctimas de una estafa y que de ahora en adelante “Él sería el médico de cada enfermo”.Tina, entre confundida y esperanzada, pasó por el escritorio de la secretaria del galeno, quien le reclamó una suma importante como pago al incremento de impuestos, correspondientes a su contrato de salud, comentándole, además, que con ello se favorecería el resurgimiento del centro médico.

Si bien los fondos económicos de Tina estaban a punto de terminarse, continuaba aportando con fe y esperanza a fin de lograr su bienestar orgánico definitivo.

Una tarde, bastante maltrecha, cuando iba a recoger con escasas fuerzas un nuevo jarabe de horrible sabor, vio que una multitud estaba reunida en la entrada de la clínica, vituperando y en continua exaltación agresiva. Mientras, un helicóptero, instalado en los altos del edificio, se llevaba al Doctor Fernando hacia un lugar desconocido.

Como su estado de salud era paupérrimo, se atrevió ir una vez más a ese centro asistencial pago y contempló en la entrada el nombre de un tal Doctor Adolfo. Cuando la recibió pletórico de ademanes y simpatía, le comunicó que no debía pagar un centavo más para ser tratada como se merecía, que iba a dedicarse personalmente a ella y así llevarla a su total recupero.

Curiosamente, a la semana siguiente, el escaparate de entrada mencionaba el nombre de un tal Doctor Eduardo, quien luego de atenderla le dijo que su salud y sus bienes le iban a ser devueltos, poniendo como garantía a la mismísima Clínica. Sin embargo, a pesar del compromiso manifiesto, alguien muy allegado al centro asistencial le comentó que éste estaba totalmente quebrado hacía ya bastante tiempo, pero que igual había servido para que los médicos y sus colaboradores se llenaran de riquezas a costa de sus pacientes.

Cuando pasó a ver a la cónyuge y asistente del doctor, ésta le dio unos yuyos curativos, velas sanadoras y algunas estampitas milagrosas, diciéndole a Tina que tuviera mucha fe, dado que en casos como “estos”era muy importante. El precio de la consulta le valió los escasos ahorros que tenía guardados.

Hoy, Tina, se encuentra hospitalizada en un centro comunitario que carece de insumos y en donde el personal profesional se halla de paro y marchando por el reclamo de sus haberes atrasados.

En la ficha clínica de Tina figura su nombre, el que aún no hemos mencionado. Ella se llama ARGENTINA PENA.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583