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Cuentos - 02 de Enero de 2003

Un tema de radio

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Debía esperar el pasaje de los minutos pensando qué decir, sobre qué tema de actualidad expresarse, o bien qué buscar en los libros para proporcionar algún debate de interés. Y comenzaba a volar con su imaginación, en búsqueda de algo que desempolvar de su conocimiento o recuerdo. Así pasaba las horas, cabalgando presuroso la rutina de todos esos días igualmente grises, soleados, lluviosos, cálidos o fríos.


Disfrutaba ansioso el comienzo del programa, tarareando la cortina musical, intentando comunicarse durante largas horas, discando el mismo número hasta acalambrarse los dedos. Obtenía suertes diversas. Había noches que se iba a descansar malhumorado, por no haber logrado el objetivo deseado y se maldecía por haberse pasado cinco horas frente al receptor, como un autómata, moviendo su mano al ritmo del disco telefónico. Pero cuando lograba concretar su anhelo y dialogaba con la mágica voz interlocutora, sentía que su día había conseguido el merecido brillo. Había dicho a alguien parte de lo que pensaba, de lo que sentía y de lo que intuía. Entonces se iba a dormir, orgulloso de ser oído y, a veces, comprendido. Aun así no alcanzaba a conciliar el sueño con facilidad, pues le quedaba ese pendiente interés de saber si alguna persona hacía algún comentario sobre los conceptos vertidos o para escuchar a otro oyente continuar el tema que él había desarrollado en aquellos breves minutos que duraba su participación.


En ciertas oportunidades, el conductor lo llamaba por otro nombre, pero a él no le importaba debido a que una persona no puede recordar todas las voces que suelen pasar por un programa de radio. Y, mientras meditaba, un profundo sopor invadía su mente hasta quedarse dormido.


El despertador, uno de los crueles enemigos de su historia, le sugería abruptamente la hora de levantarse. Al dirigirse al baño se detenía frente al espejo para contemplar la invariabilidad de su rostro, pensando en descubrir alguna señal que le diera un tenue rasgo de decrepitud. Pero no. Lo único que le llamaba la atención era que las cejas se iban espesando aceleradamente, a tal punto que llegaban a tocar el borde de las pestañas de los párpados superiores. No le dio demasiada importancia, pues no quería detenerse ante la excesiva cavilación que transitaba vertiginosamente el mundo de las ideas. Sólo se aquietaba para observar el reloj y calcular el tiempo que faltaba para llegar a concertar el sublime momento de la comunicación telefónica.


Mientras viajaba en el mismo colectivo, que pasaba a la misma hora, por la misma esquina, ante sus ojos transitaban personas, vehículos, palomas, árboles y negocios, sin recordar qué había desayunado. Quería descifrar aquel mensaje expresado por sus hijos o su jefe, que parecía importante, pero por más esfuerzo que esto implicara, era vano.


Las horas de trabajo pasaban rápidamente, entre entelequias, sofismas, obrepciones, galimatías y términos opilativos, es decir, todo aquello que fuera preciso para dar sentido a su breve obra literaria.


Cuando retornaba al hogar, su esposa estaba mirando televisión, los chicos jugaban con la computadora, y el perro se acurrucaba sobre sus pantuflas. Luego de ponerse cómodo, se sentaba en la mesa y mientras comía, consumía frases, libros, diarios e ideas, tratando de extractar el contenido que debía ser transmitido. Muchas veces pensaba en cómo desasnar a los ignorantes y a los indolentes, por medio de algún pensamiento que le permitiera alcanzar ese objetivo y así vulnerar la falta de conciencia de los hipócritas.


Un día se levantó de su cama, como tantas otras mañanas, y cuando fue al baño se dio cuenta de que no podía ver. Sus cejas habían crecido hasta alcanzar sus párpados inferiores, cegándolo totalmente. Le pidió a su mujer unas tijeras para recortar el exceso de vello, pero por más que lo intentó no pudo. Desistiendo, y no interesándole si estaba bien acicalado, se quedó elaborando un párrafo para decir esa noche en la radio, mientras se colocaba a tientas el calzoncillo y las medias al revés. Terminó de vestirse, saludando con un ademán breve y desganado, y emprendió el recorrido habitual hacia su oficina.


El trayecto lo hizo en penumbras, sin importarle, debido a que sus ojos solamente servían para extraer sus visiones mentales y por ahora no era necesario observar lo que nunca veía. Sin dar las gracias a quienes lo ayudaron a subir y a bajar del micro, entró en la oficina.


Se sentó en el escritorio del jefe y tiró el cigarrillo sin apagar en un cesto de papeles. Tomó un habano del cajón creyendo que era una lapicera, y comenzó a redactar un pensamiento que se agolpaba en su abismado cerebro. Pasó por caja. Cobró la indemnización. Levantó las manos varias veces, hasta que estacionó un taxi. Le dio al chofer su dirección. Bajó en su destino. Tensó el botón del ascensor. Entró en su departamento. Emitió un sonido gutural ininteligible y se dirigió al dormitorio. Rodeado por un profundo e inquietante silencio, abrió el placard y a través de su tacto, se dio cuenta de que la mitad estaba vacío. Fue al cuarto de los chicos y elevando su mano derecha, comprendió que faltaba la computadora. Se dirigió a la cocina. Abriendo la heladera, se sirvió un vaso con agua mineral y un sándwich de miga. Fue hacia su escritorio, en donde estaba instalado el receptor y luego de esperar algunas horas en silencio, tomó el teléfono llamando a la emisora hasta que consiguió comunicarse con el conductor del programa, a quien le expresó: “Hoy me siento vivo”. A continuación, se pegó un tiro en el corazón, mientras un “hola ¿me escucha.....?”, se disolvía a lo largo de la noche.








“La autosatisfacción es ejercer un derecho sin previos acuerdos, aunque esto, muchas veces, nos cueste la propia vida”
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583