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Cuentos - 18 de Octubre de 2004

Navidad en Sierra Leona

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Amberes no conoce de muros ni lamentos. La piedra brillante es la grata medianera entre sinagoga, catedral y mezquita, haciendo imperceptible el odio secular, que allí es reemplazado por el fruto del contrabando esclavo.


El niño no sabe si es Mende o Temne. Pero sí conoce que su familia entera desapareció por el denme. Tal vez fusilados en manos de los secuaces nigerianos de Ahmad Tejan Kabbah, o asesinados en un acto terrorista del Frente de Unidad Revolucionaria. Quizá enterrados en una fosa común cavada por la organización mercenaria internacional Executive Outcomes, de Sudáfrica, encargada de la explotación de diamantes. En cambio sus hermanas fueron hechas esclavas sexuales.


El niño agita su zaranda buscando la piedra que promete milagros. Con la que sueña todas las noches cayendo del cielo. Y viendo aquel rostro desteñido de su ajada remera, le llega en susurro la voz de su abuelo: - "Una vez he hablado con el señor Che, quien me contó que su Dios tenía un hijo revolucionario y que había venido a libertar al mundo cabalgando una estrella". También recuerda haber preguntado: -"¿Qué es una estrella?". Obteniendo como respuesta: "El más grande diamante que jamás fuera encontrado".


El padre de su padre murió en las mismas circunstancias que su hijo. Ahogado, mientras trataba de encontrar fragmentos opacos en el fondo del lodazal. La precaria manguera de plástico que enviaba oxígeno contaminado, envenenó sus pulmones. Apenas tenía 40 años. Es decir, había llegado a cumplir las expectativas de vida que declaran las estadísticas de su tierra natal.


El niño se esconde de los contrabandistas y de los explotadores. Hace tiempo trabaja por su cuenta sin haber sido descubierto. Es que lo hace por las noches, cuando el capanga disfruta su logro, al tiempo que Amberes sosiega su ardua riqueza, facetando huesos de nuevos mercados.


Hoy es veinticuatro de Diciembre. El niño espera la noche mirando el rostro desteñido de su ajada remera. Ése que le pertenece al hombre que le contó a su abuelo sobre la estrella que cayó del cielo.


Y observando minucioso el negro firmamento, el niño le reza al niño Dios del Dios foráneo, pidiendo que el más grande diamante jamás encontrado, vista de fulgores, mañana, su diminuta mano.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583