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Cuentos - 23 de Febrero de 2003

El confín de los vientos

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A mi amigo:

Suspiró y una onda se formó sobre el agua cristalina de mi pileta azul. A él le gustaba suspirar seguido, para así no verse reflejado en ese espejo improvisado y natural. A veces lo rompía con un magistral salto, en búsqueda de la profunda burbuja floreciente o bien de alguien con quien compartir su soledad de cantos verdes.


Y se perdió por un caprichoso y serpenteado camino de saltos, de dos en dos, de insecto en insecto, de luna en luna. Sólo en las calurosas noches de verano, de tibia brisa e intensa quietud, algún "croac" emergido de un sonido me recuerda a aquel amigo que se fue tras del crepúsculo, de niño en niño, de año en año, de lucha en lucha.


Suspiré y una onda se formó sobre el agua cristalina de mi pileta azul, pero un segundo bastó para que apareciera el rostro de unos ojos cansados y viejos. Volví a soplar con fuerzas, más el agua permaneció inmóvil.


Caminaba por el bosque merodeando riachos y lagunas, quizás buscando un rumbo, quizás una morada.


Se irguió por un momento, perdiendo el encuentro gustativo de otro insecto por culpa de esa hermosa luna que inundó sus ojos con su forma de melón, desparramando semillas de cristal. Los infinitos brillos transitaban aquella bóveda de sueños encantados, con la intención de perderse en el tiempo de su cenit, irradiando un aura de eterno resplandor.


Detuvo su paso y acomodando su grotesco cuerpo, atrapó con las manos a sus inmensos dedos, entrelazándolos para filosofar sobre el cansancio de su andar y el sentido de sus dudas. Se sentó lo mejor que pudo, respirando una vez más, pero ansioso, el puro aire de la noche.


La libélula se entregó juguetona a su vuelo, enfrentándose con la brisa cálida que arremetía por entre mil gajos de aroma, fusionándose las fragancias del perlado jazmín con las del incipiente capullo rojo de la rosa. Mientras la humildad que emanaba del malvón se mezclaba con el olor de aquel trémolo concierto de violetas y con la copa inalcanzable de la cala.


Se sintió feliz de interpretar lo que a su lado acontecía, a tal punto que trató de contestar el discurrir del grillo alternando, entre síncopas, su breve canto.


La laguna le recordó otra vez la imagen real de sus prominentes párpados, su desproporcionada boca sin labios y el escaso cuello sostenido por el ingrato cuerpo. Maldijo entrecortadamente sus ridículas formas, queriendo convertirlas, merced a un hechizo celestial, en aquellas que poseía la paloma y que una vez, buscando en la sonrisa la excusa de su fealdad, trató de enseñarle a volar, agitando sus alas extendidas, como atrapando entre ellas a ese firmamento inmensurable. No pudo hacerlo, por más que puso su mejor empeño, y nunca volvió a verla. Solamente podía consolarse sabiendo que cuando el cielo se sumergía en el fondo de aquel lago, él trataba de sujetarlo con sus deformes dedos, mientras lo acariciaba con su cuerpo en cada desplazamiento, como aquella paloma con la que había volado en sus sueños.


Tal vez si la hubiera observado nuevamente, habría aprendido a hacerlo como ella, pero....nunca volvió a presentarse esa oportunidad, esa grandiosa oportunidad que de tarde en tarde alentaba contemplando la límpida atmósfera.


Así transcurrió un año. Probablemente dos, sin poder vislumbrar esa remota posibilidad que una tarde de incipiente primavera se le había dado, por obra y gracia de las casualidades, entibiando su alma, perpetuando aquel sueño.


De pronto, frente a la nube en donde el reflejo de plata moría agonizante y sublime en la sombra de algún prado, comenzó a surgir un incisivo amanecer de luces rojizas, anunciando con variados matices la nueva alborada.


Se sorprendió por las diminutas horas transcurridas, cotejando con los latidos de su pecho el horario natural de su existencia. Eran las veintitrés, por lo que evidentemente no podía tratarse del alba.


Se internó una vez más en la duda, al ver esa claridad prematura que oficiaba de mañana y que hacía desaparecer, como por arte de magia, ese hechizante manantial de estrellas.


¿Sería acaso el anuncio del final de esa era, que tanto sus antepasados comentaron? ¿o todo aquello era producto de algún nuevo estado espontáneo por él ignorado?.


Creyó ver detrás de esa nube la imagen de aquel dios de forma de renacuajo, proyectando con su enorme luz, la total magnificencia de la plenitud insustancial. Pensó en la sumisa retórica formal con la que debía enfrentar tal advenimiento, pero no supo encontrar, en ninguna de las tantas oraciones aprendidas, las palabras apropiadas que se acomodaran a su decir imperfecto.


Ya se había cumplido la noche de los tiempos. Entonces vio que a la diestra del Señor, como suspendida, estaba la paloma que sólo poseyó en sus ensueños. Por fin iba a hacerse justicia, perdiéndose la esencia de sus contornos en alas de vuelo celestial.


Se incorporó lentamente, angustiado y expectante, y entonces pudo contemplar, por primera vez, la Tierra desde el confín de los vientos.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583