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Breves historias de vida - 12 de Enero de 2003

A Billie Holiday

A-Billie-Holiday
Llegaste con tu austera maleta de recuerdos olvidables, al suburbio que vio nacer tu canto. Pretoria tristeza portadora de milagros, los que vieron los esclavos al morir. Secular repetición de cadenas, solamente establecidas por los ojos de aquellos que no saben interpretar la noche de la piel. Y a través de ese matiz que sintetiza el sentido de eternidad, parió, tu endechada voz, las olas de las nostalgias infinitas, argumentando el ancestral sentimiento, resumiendo la súplica coral en un breve hilo de suspiros prodigiosos.
Toda la historia de tu estirpe se filtraba tenuemente por el espacio vibrante de tus cuerdas vocales. La oración, la segregación, la herrumbre de los candados, la resignación y la rebeldía innata de la esencia, se fundían en un crisol purificador, llevando tu alabanza, a ese Dios sin mirada envilecida.
El pezgo de tu joven cansancio te condujo, poco a poco, al camino de la muerte provocada, esnifando aromas de sueños blanquecinos, que bajaban el telón de esos párpados, escondiendo tus pupilas dilatadas.
Amazona de ensoñaciones. Cantares de limbos adormecidos, rehuyendo madrugadas espectrales, cobijando ausencias y destino.
Tus pies destronaron la tradición discriminatoria de los blancos, pisando las tablas de aquel teatro, para dar el concierto de tu voz junto a tu piel. Y por primera vez se llenó del espíritu de tus hermanos, esclavos, asesinados en las haciendas, los crucificados por el Ku-klux-klan, los muertos en la guerra de secesión.
Los vítores y aplausos culminaron la velada, mientras desde el palco más cercano, Abraham Lincoln te entregaba esa camelia, para que luciera tu corazón entumecido de tristeza, la misma tristeza que acompañó tu cortejo, hacia el lugar donde se subliman las eternas esperanzas.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583