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Ensayos y política - 01 de Enero de 2004

Lo que me espera

29 de Octubre
Lo-que-me-espera
En Argentina, muchos tenemos miedo de que nos dejen de explotar y caernos por el barranco del desocupado. Dejar de alimentarnos malamente, habiendo aceptado, hace bastante tiempo, la inaccesibilidad a los frutos maravillosos de nuestra tierra. El acrecentamiento de nuestra anónima participación en el sistema, es proverbial, dado que ya estamos incorporados a la cruenta indiferencia de los que ejercitan el poder en propio beneficio. Se vuelve terrible barruntar el incomprendido idioma de los carecientes, dado que el privilegio es sordo y se perpetúa en manos de los mismos: los aglutinados en el saqueo y despilfarro de nuestra grandeza económica, histórica, territorial y cultural.

La chinesca pantomima se ha instaurado en la conciencia de un pueblo, que puja por no perder su dignidad y realidad productiva. Si alguien se atreve a recordar los padecimientos de y en China, soportando millones de muertos en manos imperialistas inglesas y japonesas; las pérdidas sufridas en Mongolia a cargo de la antigua URSS y la disciplinada injusticia de su cruel régimen – ejerciendo un control de natalidad, estableciendo centros inhumanos de recién nacidos, que sólo tuvieron la desgracia de pertenecer al sexo débil – son la muestra acabada de lo que puede esperarse, a través de algún intercambio comercial.

Argentina sigue de paro institucional, homologado por el burdo simulacro de un discurso falaz y desmedido.




Esto lo escribí un día que me levanté mal dormido y dándome cuenta que se habían piantado algunos ratones del balero. Entonces, comencé a buscarlos, desesperadamente, insultando a la madre de cada uno de ellos, y a la mía, por si no alcanzaba. Pasé por el baño, desahogué mi vejiga y mientras me enjuagaba los rasgos perdurables de mi cara, con el agua helada – mal parido el del termo que no vino a arreglarlo, después que le di un adelanto – me dije “sos un otario, insoportable crédulo que siempre te acuestan”. Y apoyando mis glúteos en le inodoro sin tapa – por razones de peso – me puse a ejecutar lo que tanto agobiaba.

Pensando abstraído y sin darme cuenta de los fétidos olores que envolvían el ambiente, fiel producto de los porotos comidos en la cena de anoche, lo primero que vino a mi mente fue, que todos somos parte de esa catarata escatológica, proveniente de los altos, impulsada por la naturaleza humana. Depende dónde estemos ubicados, nos hace más o menos pelota, aunque siempre existe alguien que está por debajo de nosotros, padeciendo el peso total de todas las deposiciones, y son los que no tienen nada. Ni siquiera el alimento que les permita cagar como Dios manda, viendo morir a sus hijos por culpa de los que tienen el orificio bien abierto, por comer seguido y abundante.

Si tenés 20 años te tildan de inmaduro, inadaptado e incapaz de ejercer alguna actividad responsable, por falta de experiencia. Después de tener la suerte de pasar por infinidad de colas, buscando trabajo, te sacás la lotería de ser contratado con sueldo de exclavo. Si sos mujer, te acosan, todo por el mismo precio.

Cuando pasás los 40 y no tenés la posibilidad de estar acomodado en política o conocer a un chorro influyente, no servís para nada. Los avisos clasificados te refrendan la inutilidad de tu experiencia, ofreciendo laburo a quienes tienen de 18 a 35 pitulos, sin variar sueldo o beneficio. De los 50 en adelante, si tenés mucha suerte, te dan un puesto de vigilador nocturno o en quiosco de revistas. De haberes dignos, ni hablemos.

Es el momento que uno comprende, haber tenido la desgracia de no haber nacido en cuna de militares, durante gobiernos de facto. O no poder integrar la lista sábana por falta de parentesco con el político corrupto. O no tener relación sanguínea directa con algunos de los ministros de economía, que nos rompieron el traste, y estar disfrutando la buena vida en lugar foráneo y hotel cinco estrellas. O no ser un familiar dilecto de importante empresario, que se haya encargado de participar del gran desfalco nacional.

Pero no, la …. madre, me tocó nacer en un hogar de clase media baja – hoy clase media paupérrima – con un viejo laburante y pagador de todos los impuestos razonables o inventados, que sirvieron a los dueños de mis improperios para llevársela toda.

Y mientras me limpiaba con el papel de diario que estaba colgando del toallero, empecé a elaborar la idiosincrasia del ser argentino. Fue cuando me volvieron ganas de poner las asentaderas, nuevamente, en la fría losa y completar los eslabones que forman nuestro porvenir bastardo, igual que el que nos fornica desde su cómodo escritorio por dónde emana el latrocinio.

Los artistas se matan por el rating. Los comunicadores y conductores se arrancar los ojos por la primicia. Los acomodados por APTRA le restriegan el Martín Fierro en la trucha al perdedor, que a su vez piensa ¿¡Cuánto habrás puesto para que te lo dieran!? La manipulación de las noticias otorga privilegios, por parte del poder, en un mercado sostenido por ocho grandes empresas de multimedios. Millonarios productores surgieron de la mañana a la noche, por la entrañable amistad con los gobernantes de turno, y siguen asesinándose en la desleal competencia sin límites. La clase política, se sienta en escaños de circo romano, actuando como césares de la democracia y afanándonos – a los gladiadores - hasta el último mango, mediante acuerdos espurios entre bancadas complacientes. Luego, pelean lucha greco-romana, durante el período electivo, basureando la mínima cultura y respeto, que hipócritamente se esfuerzan en demostrar fuera de estas caníbales fechas.

Y si nos tiramos más abajo, veremos a los travestis, transexuales y prostitutas peleando su parada, igual que el vendedor callejero. El tachero que se baja para agarrarse a trompadas, con su colega, si le curra un pasajero. El cana asociado con el delincuente, tratan de salvarse en una ilícita jugada. Todos los que aspiran a trepar en el empleo, ya sea que le paguen en blanco o en negro, poniéndole el pié al compañero más calificado. Los grupos piqueteros que compiten por los planes trabajar, humillándose a palazos e insultos, conforme a cómo cada uno es favorecido o no por el ejecutivo. Las reuniones de consorcio, que nunca llegan a feliz término y siempre el administrador con el consejo se complotan para currar lo que se pueda. Guay, con los que duermen en las calles, y que alguien le sople el lugar donde apoliyan. Y de los que cuidan el estacionamiento de un vehículo. Seguro que amasijan a quien le quite la moneda, correspondiente a su paciente espera. Los pibes del colegio, que muestran lo mejor de la economía familiar, compitiendo con el que menos tiene, siguiendo el ejemplo maravilloso de su estatus social. O ese padre, pretendiendo que su hijo sea Maradona; Vilas o Ginóbili, gritándolo, o trompeándose con otros progenitores, mientras el pibe hace lo que puede, conforme a sus capacidades. El jugado y resentido, dándose un saque - con la droga mafiosa protegida por el contubernio político y las fuerzas de seguridad – para animarse y salir a matar o morir.



Limpiándome, por segunda vez, comprendo que todo gira en torno de la guita, alma mater de éxito y confort. La condición humana del mayor depredador, está más vigente que nunca, igual que la fétida deposición de mis porotos. El vende patria corre por el mismo carril que el garrapiñero, dado que la catarata no podrá cambiar el curso de su naturaleza, terminando en coprófila nube amarronada, festejando la razón del que somete la moral por cuatro mangos.

Al tiempo que me tiro otro surgente pedo, le pregunto a mi mujer:

- ¡Che!, quedó algo para el desayuno?

- Sólo los porotos de anoche, querido.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583