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Cuentos - 21 de Junio de 2010

Meñica

Una rosa para Verushka
Meñica
Nació en una casa de la calle Francia, incrustada en el diestro ventrículo del barrio de Miraflores, cuando el modernismo edilicio era únicamente un techo a dos aguas sostenido por una prolija construcción. Siendo aún muy niña, comenzó a intuirme, dado que solía pintarse la uña del meñique de su mano izquierda, para volcar, entre aquellos juegos de muñecas y yo - su exclusivo invitado - esa coquetería innata del género, entregada al suave pincel del esmalte de su madre. El castigo familiar que intentaba finalizar con ese capricho expuesto en la cresta de su pequeño dedo, trascendió en el vecindario, ocurriéndosele a alguien colocarle el apodo de meñica.


Siempre estacionaba su mustang sobre la calle Bolivar, cuya esquina se extinguía en la avenida Larco, pudiendo así observarlo desde la Boutique que  compartía en sociedad con su amiga Beatriz. Cuando la persiana recién bajada proponía el final del día comercial, al llegar con su halo de Metal de Paco Rabanne al paradero dónde el azul descapotable se había transformado - por la estrechez lumínica - en negro, observaba, una vez más, la varilla del limpiaparabrisas aprisionando el tallo de una flor junto a la nota. Mientras la espina rosácea contactaba su piel y sus dudas, ya dentro del vehículo el papel se desplegaba, apareciendo – a modo de fe de bautismo – el nombre de Verushka en el encabezado. Las bellas palabras describían observancia, misterio y sentimiento. Al pié de la esquela, el nombre de un color la rubricaba.


El mustang estacionado refractaba como nunca el sol del mediodía, haciendo que un haz brillante atravesara la superficie de aquel viaducto, y así llegar a la punta de mis pies ansiosos. El ritmo de mi caminar se rutilaba en la fija mirada entre ambos extremos. Una vez que llegué a la puerta del coche, meñica procedió a que pasara al lugar del acompañante, ofreciéndole maliciosamente a mi visión, el ebúrneo y lujurioso pedestal de sus reclamos, apenas retenidos por el último ojal de su vestido abotonado.


El morro que nos permite ver el sinuoso ballet marino, en la Herradura, es testigo de mis espasmos derramados en el oquedal de sus besos, al tiempo que mis manos y mi boca toda, esparcen la traslúcida viscosidad extraída de su gimiente albergue, hacia el sofaldar vibrátil del anhelo.
Con el recuerdo puesto hacia el futuro, emprendemos el retorno por la serpenteada ruta del presente. Y en un despido, a soledad abierta, el espacio del dolor encierra la irredenta visión de su sentencia.
¿Qué nuevo muslo ardiente a tu deseo, se abrirá paso en salaz vendimia?


Meñica, luego de leer la nota y arrojarla, junto a la rosa, por la ventanilla, ajustó el cinturón de seguridad sobre su agitado pecho, emprendiendo el regreso al hogar, donde sus hijos y su gentil esposo la esperan, como siempre...... o como ahora, empapada de sudor y de secreto.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583