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Cuentos - 04 de Mayo de 2006

El censor

El-censor
Los grandes pensadores cortesanos, escribas, religiosos, científicos y encargados de controlar el funcionamiento de aquel feudo, fueron convocados por su Rey. El objetivo consistía en desterrar la crítica de los opositores, quienes, utilizando todos los medios posibles de divulgación, informaban al vulgo de las acciones autoritarias cometidas por la realeza, haciendo que la inequidad se profundizara a dimensiones jamás transitadas.


La plebe enardecida que clamaba por justicia, una parte era aislada y sometida al ayuno permanente; otros, llevados al pantano de la peste y a los más rebeldes se los torturada en la torre del espanto o eran desterrados a la gris planicie del volcán activo. Sin embargo, las proclamas plebeyas aumentaban, a modo de efecto multiplicador, reclamando sus derechos y la libertad de las víctimas enjuiciadas por el arbitrio despiadado de los lacayos reales.


El monarca propuso la idea de mandar a traer al mayor censor conocido en el orden terrenal: Don Ramiro Núñez Iglesia, inquisidor honorífico de Pozohueso. Un frío medular corrió por el esqueleto de cada consejero. Y aunque el pedido merecía grandes cuestionamientos, nadie hizo mención de alguna razón valedera.


Don Ramiro llegó al palacio un 16 de Noviembre de un año que nadie recuerda. Luego de conversar con el Rey, éste le delegó facultades extraordinarias, a tal punto que ni él mismo podría interferir en lo sucesivo respecto a las acciones ejecutadas por el censor.


Al día siguiente, Don Ramiro, acompañado por una custodia imperial, recorrió las calles del pueblo. Pudo contemplar, a cada paso que daba, testimonios y palabras sueltas impresas en panfletos y paredes. Entonces, dio orden de ingresar casa por casa y cortar todos los dedos de las manos de las personas que en ellas moraban.


Al tercer día, escuchó, desde los altos de la torre principal, los pasos de una multitud que se acercaban. Entonces, dio orden al ejército que con sus mazas quebraran las piernas de los manifestantes.


Al cuarto día, estando cenando con la acostumbrada comitiva palaciega, los escribas, pensadores, religiosos, científicos y séquito, entablaron una fuerte discusión con Don Ramiro, oponiéndose a las inhumanas prácticas ejecutadas en contra de la plebe. Entonces, dio orden a la guardia real para que amputaran las lenguas de los comensales.


Por fin, el Monarca reaccionó ante tanta barbarie cometida por aquel censor que había sido contratado. Una sutil ráfaga invadió el espacio. Sus ojos alcanzaron a observar, por un instante, su cuerpo exánime separado de ese grito que no pudo aflorar de la garganta seccionada.
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2017 | Textos disponibles en el sitio: 583